El síndrome de Casandra
Casandra —(kasis: hermana) y (andros: hombre)— «hermana de los hombres», nombre femenino de origen griego se reconoce como personaje mítico en el que confluyen versiones. La más común: Casandra poseía el don de la adivinación entregado por el dios Apolo de la que se enamora por sus cualidades y belleza, a cambio de matrimonio. Casandra acepta. Recibe el don, pero no cumple el acuerdo. Apuesta por la virginidad y Apolo despechado la maldice. Casandra no pierde el don recibido pero la maldición conlleva la incredibilidad de sus mensajes. Casandra ejercerá su poder adivinatorio, mas no será creída. Un momento significativo es con motivo del afamado «caballo de madera» que Ulises idea como regalo a los troyanos a raíz del interminable conflicto que estos sostenían con los griegos. Casandra adivina y avisa a los troyanos de las consecuencias trágicas devenidas si aceptaban tal regalo. Los troyanos no la creen. Aceptan el regalo. Llega la desgracia: la destrucción de Troya.
No siempre a la clarividencia acompaña la credibilidad. Con frecuencia se rechaza el mensaje por mor del mensajero. Casandra es clarividente, adivina y sabia, pero mujer. En la historia, determinados «dioses» —casi siempre seres masculinizados— desconfían o niegan los mensajes llegados por voz femenina. A esta actitud se le domina «Síndrome de Casandra». La clarividencia y la credibilidad sistematizadas históricamente se han fijado en el 50% de la humanidad, la masculina. Con esta actitud se ha sostenido una mirada cargada de parcialidad. El saber se ha confiado a una parte; en consecuencia, también el poder; a la vez que se olvidan voces polifónicas, miradas policromadas. Con decisión será a partir del siglo XVIII cuando se intenta romper el monopolio patriarcal, el monopolio de saber-poder ubicado en manos masculinas. La clarividencia femenina con frecuencia se ofrece aislada, esporádica y en no escasas ocasiones huérfana de escuela, de sistematización; se presentan como si casi siempre estuvieran empezando, sin continuidad, olvidando que existe un rizoma secular que enlaza con la capacidad de creación de todo ser humano, con la cultura. De este modo, las reflexiones emancipatorias, con harta frecuencia, se presentan como islas, sin línea sucesoria; a veces se ofrecen como istmos a través de breves textos, de antologías, pinceladas sueltas fuera del conjunto del lienzo de la reflexión del ser humano por el hecho de generarse desde espacios de la mujer. En España el discurso emancipatorio femenino empieza tardío, pero con vigor, durante la II República. El nacional-catolicismo lo interrumpe para resurgir con fortaleza con la llegada de la democracia; fue un largo apagón. Ser para-otro o ser para-sí, es la cuestión. Este ser para-sí ha de abarcar a todo el género humano y el género humano no alcanza su liberación sino es en su totalidad. Esta tensión de sumar la totalidad secularmente se ha desvanecido con frecuencia a la vez que se ejerce una ocultación sostenida. Con abundante frecuencia, cuando surge una propuesta femenina se niega o evita, se oculta o veja bajo la fatídica consideración —maldición de Casandra— de que la fortaleza cultural femenina es decadente. La falta de aparente textura sirve para habilitar un discurso que defiende la discontinuidad, que ignora un mosaico secular para el que basta colocar y unir teselas para percibir y leer claros mensajes. En este orden, a la mujer se presenta como la ausente de los grandes procesos culturales, económicos, jurídicos. Se olvida al 50% de la especie humana. Nada justifica la ausencia de este gran contingente. ¡Grave pérdida! Ningún proceso, ni el democrático, es real sin la presencia igualitaria de la mujer. Cualquier régimen, si pretende habitar bajo el signo democrático, se ofrece inexistente de tal categoría, si soporta o mantiene tal ausencia o será deficitario si la presencia de la mujer fuera escasa. Y valga, no obstante, la advertencia iterada por María Zambrano: igualdad no es uniformidad. Tras siglos, dado que los seres humanos procedemos de «la misma semilla divina» han sucedido movimientos femeninos vindicativos, pero el orden social, aún, no se ha conmovido. Se precisa cuestionar este orden (o desorden), pues con frecuencia se presencia violento, ya que los
potentiores, —actores activos de la historia, al menos de la oficial— hacen la historia mientras que los humiliores la padecen (A.Camus). Es preciso mutar la historia sacrificial en ética y estética. Tal gesta es posible, pues depende de la acción humana directamente y para ello se precisan voces combatientes o creadoras de palabras y de acciones que desordenen el statu quo. Así actuaron las hermanas dominicanas Mirabal —Patricia, Minerva y María Teresa— al denunciar la grosera violencia de género existente bajo la dictadura de Leónidas Trujillo, «El Chivo», quien no dudó en mandarlas asesinar el 25 de noviembre de 1960, motivo por el que se conmemora en esta fecha el «Día Internacional Contra la Violencia de Género». La razón violenta ha campeado y acorralado la cívica. La armada, con cierta y dramática reiteración, aupada por la racional ha imperado y cercenado la cordial mediante aparataje político y jurídico, económico y religioso. Frente a esta dinámica perturbadora se precisan voces cordiales y éticas, creadoras y vindicativas sobre bases de igualdad, lejos de subordinaciones ancestrales, caso de las hermanas Mirabal. En esta tarea apunta la colección Casandra de la editorial leonesa Eolas, ofreciendo voces plurales, textos pasados cargados de mensaje, desde la cotidianidad o la abstracción, con mirada emancipatoria y crítica hacia el sujeto femenino. La igualdad de los seres humanos es un derecho, pero el derecho, a veces, se despista tras los debates entre culturalistas y biologistas que bien pudieran servir para sostener lo establecido. La escuela iusnaturalista emanada, en parte, de la tradición jurídica leonesa entre ordenanzas y decretas, en asambleas y concejos, defiende el origen natural igualitario de todo ser humano desde el origen; un derecho anterior a cualquier otro derecho positivo. Este derecho natural se ha caracterizado como rizoma sostenido en persona inquietas y reflexivas, habitantes en los anhelos del cambio que emiten argumentos para derrumbar anclajes culturales y precientíficos. Ninguna ideología laica o religiosa dispone de capacidad para sostener los discursos invariables mantenidos históricamente de desigualdad entre los seres humanos.
Se ha señalado, también, la igualdad jurídica; pero no es suficiente, pues en democracia va de sí. La igualdad ha de insertarse en la socialización e internalizarse en el desarrollo de roles y tareas, sin discriminación por razón de sexo y en todos los ámbitos. En la democracia, bajo el signo de la igualdad, no cabe la opresión. Un mundo, sin la plena aportación de las mujeres, es incompleto; una democracia, sin la presencia de las mujeres, es imperfecta o, incluso, no es democracia. La colección nace en territorio leonés, donde ya Estrabón señala la práctica de la ginecocracia, el poder de la mujer entre las tribus astures, habitantes de la cuenca del río Ástura (Esla). Un territorio en el que secularmente así se explicita ya en los fueros y en los Decreta emanados de las Cortes leonesas, donde la mujer logra, no sin dificultades, disponer de voz propia. Una heterodoxia histórica dentro del contexto férreo medieval europeo.