Diario de León

Isabel Cantón Mayo

Catedrática Emérita De La Universidad De León

Yo acuso

Creado:

Actualizado:

Tomo prestado, con respeto, pero también con la fuerza de la palabra indignada, el título de Émile Zola, aquel célebre J’accuse que hizo temblar los cimientos morales de la Francia del caso Dreyfus. Lo hago por dos razones esenciales; la primera, para expresar la repulsa, la vergüenza cívica y la profunda indignación que provocan las recientes informaciones relativas al trato vejatorio, cosificador y repulsivo ejercido contra mujeres por determinadas figuras públicas de nuestro país; la segunda, para poner mi pluma, como Zola hizo en su tiempo, al servicio de la justicia y de la conciencia pública, frente al silencio cómplice que convierte a demasiadas personas en participantes involuntarias, pero no por ello menos responsables, de esta ignominia colectiva.

Acuso, en primer lugar a los autores materiales de estas conductas, quienes, investidos de poder, autoridad y representación pública, se han comportado con una indignidad que repele. Los comportamientos de Bernies, Koldos, Ábalos, Salazares, Torremolinos, y otros tantos, cuyo nombre quizá nunca conozcamos, no son hechos aislados ni anécdotas sucias de noches de farra mal contadas; son la evidencia de una patología estructural, de un machismo institucional incrustado en los engranajes de un partido que se declara feminista mientras tolera prácticas que habrían avergonzado incluso a generaciones menos ilustradas que la nuestra. Sus actos no son meros errores: son delitos morales y políticos que degradan la democracia, envilecen el servicio público y ultrajan a las mujeres a las que dicen defender. Su conducta no solo denigra a las mujeres, sino que ultraja la función pública, rebaja el concepto mismo de autoridad democrática y socavan la confianza de la ciudadanía en sus instituciones. Porque no hay democracia posible cuando quienes la representan se permiten el lujo obsceno de actuar como si estuvieran por encima de la ley moral y civil. Acuso, en segundo lugar, a quienes sabían y callaron. Acuso a las mujeres del propio entorno político que, conocedoras de estas conductas, optaron por el silencio; a las que miraron hacia otro lado; a las que no denunciaron; a las que, quizá por disciplina de partido, por miedo o por cálculo, permitieron que la ignominia continuara. La sororidad proclamada se convierte, así, en mero eslogan vacío, en bandera ondeada solo cuando el enemigo está fuera, pero nunca cuando el agresor se sienta en el mismo consejo político. Porque el feminismo sin coherencia, es solo propaganda, y la figura pública que calla ante la injusticia se convierte en cómplice. Acuso en tercer lugar, al Gobierno de la Nación. Acuso a un Ejecutivo que, tras meses de silencio calculado, reconoce finalmente, en palabras de su Presidente, un «error no premeditado» al no haber contactado con las víctimas, como si el error administrativo pudiera justificar la dejación ética. En cualquier democracia europea avanzada, semejante negligencia habría conducido irremediablemente a dimisiones inmediatas, a investigaciones internas y a expulsiones ejemplares. Aquí, sin embargo, el error se asume sin consecuencias de ningún tipo, solo palabritas vacías. Nadie renuncia, nadie da un paso atrás, nadie asume responsabilidades reales. ¿Se imaginan la reacción de este mismo Gobierno si estos hechos hubieran ocurrido en la bancada opuesta? ¿Dónde están las destituciones, los ceses, las expulsiones? ¿Qué medidas ha tomado el Presidente contra quienes callaron, minimizaron u ocultaron lo ocurrido? ¿Qué ministra ha tenido la decencia de renunciar en señal de coherencia moral? Todo se diluye, como tantas veces, en declaraciones vacías.

Parole, parole, parole… Acuso, en cuarto lugar a las instituciones que debieron actuar y no lo hicieron. Acuso a la Fiscalía, al Instituto de la Mujer, a la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, y a la extensa red, más de 15.000 entidades, financiada con recursos públicos para promover la igualdad. Su silencio ha sido atronador. Su pasividad, imperdonable. Su inacción, un golpe en el rostro de cada mujer que confiaba en su protección. Un país en el que las instituciones callan cuando el agresor es poderoso deja de ser un Estado social de derecho para convertirse en una maquinaria de encubrimiento político. También acuso a las formaciones autodenominadas progresistas. Acuso a las fuerzas políticas que se proclaman abanderadas de la igualdad, pero que han demostrado actuar como guardianas del doble rasero. Quienes callaron ante estos casos no tienen autoridad moral para hablar de feminismo ni para señalar a otros. No olvidemos que desde el propio Gobierno se impulsó una ley que permitió la reducción de penas a violadores ya condenados, un acto de irresponsabilidad jurídica sin precedentes. Y también, sí, acuso a las formaciones conservadoras. Acuso también a los partidos conservadores por no elevar suficientemente la voz, por no exigir responsabilidades cada día, por no interponer todas las acciones institucionales, judiciales y parlamentarias necesarias. La tibieza, en este asunto, es una forma de connivencia. Desde todas las comunidades autónomas que gobiernan deben clamar cada día y cada hora por el cese de estas conductas vergonzosas e impropias de un país desarrollado. Finalmente, acuso a la sociedad que tolera estas derivas. Acuso a la sociedad que vota, apoya o legitima a quienes amparan estas conductas. Porque una ciudadanía que no exige ejemplaridad moral a sus representantes, termina normalizando aquello que la degrada. Todas las mujeres quedamos a merced de un mensaje terrible: si el agresor es poderoso, no habrá consecuencias. Hoy, cualquier mujer sabe que, si el agresor pertenece a determinadas élites, ella tendrá todas las probabilidades de ser ignorada durante meses, revictimizada y convertida en daño colateral de una estrategia comunicativa. Esa es la verdadera obscenidad. Y sin embargo, no todo está perdido. Mientras haya voces dispuestas a romper el silencio, mientras haya ciudadanos y sobre todo ciudadanas, capaces de señalar la injusticia, de exigir decencia y de reclamar dignidad, la sociedad seguirá teniendo esperanza. Permítaseme cerrar con Quevedo, como una admonición final: «No he de callar, por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo».

tracking