Los juegos de la edad tardía
¿Cómo se le ofrece a alguien un trabajo bien remunerado a cambio de un revolcón sin quedar por ello como un auténtico botarate?

Recuerdo que, en cierta ocasión, cuando era joven y estudiaba en Madrid, iba en el Metro pensando qué me habría querido decir aquella chica con «eres un osito». Todavía tardé bastante tiempo en darme cuenta de que lo que realmente me había dicho era «eres muy sosito».
Había quedado con ella por ser arqueóloga y asturiana, que eran dos cualidades que yo tenía en muy alta consideración. El problema quizá fue que la oscuridad de aquel pub con sofás de terciopelo, al que me llevó, no me dejó apreciar en ella muchas más virtudes y la faena terminó con los primeros capotazos. En cualquier caso, algo de razón llevaba aquella chica, porque, en más de una ocasión, tuve que valerme de los vapores etílicos para atreverme a coger muleta y estoque. Arte difícil es el del cortejo, o así me lo parecía a mí, pues me resultaba difícil saber cuál era el punto al que había que llegar, sin parecer tonto, pero sin tampoco pasarse. Quizá sea por eso que, la semana pasada, saqué varias veces el tema, tanto en la conversación con los compañeros del café como con los de los vinos. No entendía, y sigo sin entender muy bien, cómo estos políticos tan machirulos que están saltando a la palestra, día sí, día también, llevan a cabo su grotesco «galanteo» con las mujeres denunciantes. ¿Cómo se le ofrece a alguien un puesto de trabajo bien remunerado a cambio de un revolcón sin quedar por ello como un auténtico botarate? Incluso divagué sobre la posible existencia de algún manual
ad hoc, al estilo del Ars amatoria. Visto lo visto, hasta podrían utilizar este mismo, pues el clasicismo no es incompatible con la procacidad, y Ovidio lo era de sobra. Según nos van informando los medios, en una buena parte de los casos se trata de hombres anodinos, la mayor parte de ellos ya en los albores de la senectud, pero que, empoderados por la prestancia que otorgan sus altos cargos y por las pastillas azules, cuál si fuesen gallos en un corral, hinchan el pecho, se pavonean y quieren pensar que todas las gallinas de su gallinero andan cluecas por ellos. Hombres que, carentes de prestancia y elocuencia, con toda seguridad pasaron su juventud a dos velas y quieren ahora resarcirse del tiempo perdido y quemar sus últimos cartuchos. Hombres que, por el simple hecho de adoptar el feminismo como postureo, ya se sienten protegidos e intocables. ¿Cómo los van a acusar a ellos sus «protegidas»? ¿Quién se va a atrever a decir nada, si todos los de su alrededor comen de su mano? Se sienten poderosos y quieren imitar a quienes lo son de verdad; a esos que siempre quedan impunes por muy depravadas que sean sus perversiones, o incluso a los de la «lista de Epstein», de quienes nunca sabremos exactamente quiénes son. No saben que, en política, las peores puñaladas vienen, la mayor parte de las veces, de los propios compañeros de partido. En sus casos llega a darse una cierta «justicia poética» pues, después de contribuir a socavar el viejo principio jurídico de la presunción de inocencia y a criminalizar al hombre por sistema, sufren ahora las consecuencias en sus propias carnes, cuando son condenados por la sociedad y obligados a dimitir incluso antes de que se formalicen las denuncias contra ellos, mientras que sus compañeros, acusados simplemente de corrupción, permanecen en sus cargos hasta ser condenados. Ahora, a toro pasado, se dan cuenta de que la estrategia Ábalos–Tito Berni, consistente en desviar fondos para pagar a profesionales, podría haber sido bastante más adecuada para aliviar las tensiones en la entrepierna. Ya para terminar, se me viene a la cabeza el título de aquella magnífica novela de Luis Landero, que quizá deberíamos volver a leer para saber si estamos preparados para «Los juegos de la edad tardía».