Por los migrantes, por todos
El mapa humano nunca ha estado quieto, hemos pasado una y otra vez de una frontera a otra. Estamos mucho más mezclados de lo que se admite y se cree, por eso, cada 18 de diciembre, Día del Migrante no debería ser un simple recordatorio en un acto protocolar, sino una celebración de la vida, de nuestra historia y también del futuro. Hoy, según el Departamento de Asuntos Económicos de las Naciones Unidas, unos 304 millones de personas viven fuera de su país de nacimiento, eso equivale alrededor del 4% de la población mundial y parte de lo que funciona en el mundo se apoya precisamente en esas personas que se atrevieron a moverse.
Detrás de Europa, América, África y Asia hay flujos similares, millones de personas que se movieron, se mezclaron y terminaron creando sociedades más complejas, diversas y prósperas. Durante varios siglos, más de 60 millones de europeos cruzaron el Atlántico y poblaron un continente que hoy cuenta con cientos de millones de americanos con ascendencia europea, ese éxodo cambió la demografía y ese proceso pasó por la construcción conjunta de sociedades nuevas que permitió la creación de oportunidades y convirtió a la inmigración europea en un motor de crecimiento social, capital humano y modernización institucional en varios países de América. Eso era precisamente lo que buscaban en los países de destino: ¡Oportunidades!, tierra disponible, trabajo, respeto, trato digno, escapar del hambre, de las guerras y de las persecuciones, en resumen, buscaban una posibilidad real de ascenso social que en sus lugares de origen no podían conseguir. No hablo desde la teoría, lo hago también en primera persona, soy hijo de madre venezolana y padre italiano, él fue uno de esos europeos que después de la guerra cruzó el atlántico buscando un futuro y lo encontró en Venezuela. Años después me tocó hacer el viaje inverso, salir de Venezuela primero hacia Colombia y luego a España. Durante más de veinte años he sido parte de la lucha política del pueblo venezolano frente a un régimen que, como todos los de su estilo, se volvió intolerante y amenazante con quien pensara distinto, hoy continuo desde otra trinchera y con más motivos que nunca. Recuerdo cuando salí de Venezuela junto a mi familia con más preguntas que respuestas, el exilio no es una metáfora, es una realidad que te golpea cuando tienes que abandonar tu tierra forzado a hacerlo, pero a pesar de eso, orgullosamente digo que soy hijo de migrante y migrante a la vez y sé muy bien lo que duele irse y lo que alivia ser bien recibido. Por esto creo que el debate sobre migración no se puede reducir a los discursos de los que criminalizan al que llega ni de los que idealizan cualquier movimiento de personas como si, por el simple hecho de llegar a otro país todo quedara automáticamente permitido. Una cosa es apoyar la migración y otra es hacerlo sin una regularización sensata, ¿a cuenta de qué se debe tolerar, por más inofensivo o sublime que parezca, que alguien llegue a un país a dañar, a despreciar lo que encuentra o a imponer sus costumbres por encima de las de la sociedad que lo recibe? Es simple: si no te interesa el país que te acoge, si desprecias sus leyes, símbolos, te burlas de sus costumbres o de su manera de organizarse, lo honesto es no ir o si ya estás, replantearte qué haces ahí. Lo tengo muy claro, el migrante no pierde derechos por el hecho de serlo, pero tampoco adquiere privilegios superiores. Lo digo con conocimiento de causa porque lo he vivido, el migrante debe llegar a aportar y no a destruir, a sumar manos, ideas, trabajo, cultura y no a sembrar resentimientos ni a exigir trato preferente. El mejor ejemplo lo tenemos en nuestros antepasados, porque ningún español, italiano o portugués en Caracas, Buenos Aires o Ciudad de México se bajó del barco exigiendo privilegios, fueron a dejarse la espalda y las manos trabajando y a agradecer la mano tendida, ese debería seguir siendo el estándar.
En la actualidad vemos ciudades como Londres, Dubái y Nueva York, capitales emblemáticas del lujo, las finanzas y el espectáculo, se disputan el liderazgo mundial en número de residentes de otras nacionalidades y no es casualidad, porque hoy el mundo urbano que funciona actúa como un imán para el talento global, más aún en tiempos de teletrabajo, freelance y nómadas digitales que pueden elegir ciudad como quien elige aplicaciones. En este tipo de metrópolis se condensa la promesa de movilidad social actual y futura, los estudios demográficos así lo confirman, pues, al revisar los flujos migratorios se identifican patrones comunes como buenas redes profesionales, estilo de vida global y oportunidades. En paralelo sus líderes debaten sobre el crecimiento y calidad de vida de sus residentes, entendiendo que un factor determinante es cómo aprovechan esta ventaja competitiva y no cómo intentan contenerla.
Por los migrantes y por todos, convendría aplaudir una política migratoria humana, ordenada y eficaz, con reconocimiento pleno de derechos, que sea firme contra la xenofobia y que permita al migrante integrarse sin traumas para trabajar, emprender y hacer su vida en paz, pero esa misma política debe también rechazar y aplicar las sanciones correspondientes a quienes destruyan, desprecien la cultura, burlen tradiciones y o incumplan las leyes. Y luego en el plano más humano conviene recordar a quienes reciben que nadie deja su hogar por deporte, si alguien llega para sumar, lo mínimo es valorar su esfuerzo y darle la oportunidad de demostrarlo y del lado del migrantela tarea es respetar la ley, sumar a la comunidad, aprender códigos locales y ofrecer lo mejor de sí para integrarse de forma positiva en la sociedad.