Diario de León

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En otra Tribuna anterior, publicada en este medio bajo el título Democratizar la democracia, se terminaba con una alusión directa a la actual circunstancia política leonesa. Tras aquellas reflexiones se atiende este espacio.

Indudablemente, el presente periodo político hispano es el más exitoso de la historia en cuanto al logro — más y para más— de beneficios sociales y políticos, así como al disfrute —más y para más— de libertad. Nunca la democracia ha tenido tanta continuidad en la Península ibérica. Estas bondades no son óbice para exponer y denunciar determinadas situaciones — en este caso leonesas-, para recoger y analizar datos, reflexionar y cuestionar —verbos transitivos, entre otros, próximos a los principios básicos de la democracia-. En este orden, se desea exponer y combatir una situación que gran parte de la población leonesa detesta. La democracia exige,

per se, continua revisión a fin de evitar derivas, privilegios e incumplimientos; de ahí que recoger y mostrar los datos, delatar mentiras y aventurar posibilidades es aplicar y ejercer la democracia. La tarea no es la de enfrentar a la mayoría silenciosa con la minoría locuaz y vindicativa, sino advertir debilidades y prevenir amenazas, indicar fortalezas y señalar oportunidades. Se decían en el anterior texto que la democracia es planta frágil, de escasa trayectoria histórica y con peligros amenazantes. En democracia, si bien el ejercicio del voto es un principio, por sí solo no es suficiente. Se requiere participar y atender la voluntad de los votantes y no permitir la manipulación para seguir ejerciendo hegemonías y perpetuarlas. Opinar, deliberar, proponer sin imponer, son ejercicios de la humildad social que solicitaba Camus para ejercicio democrático. Así, se han de reconocer los hechos y realidades, no vivir sujetos a dogmas. Con frecuencia se respetan más una idea-mantra que a las personas. En nombre de los resultados cuantitativos de las urnas tras convocatorias cuatrianuales, programas impuestos y listas cerradas de representante se alza el mantra: «las urnas han hablado». Se itera, en democracia votar va implícito mas no es suficiente. No olvidemos que en «la democracia orgánica» franquista también se votaba, así como en numerosos modelos autocráticos vigentes. Afirmemos sin complejos: cerca del 70% de las gentes leonesas a través de encuestas, manifestaciones, comunicados de los ayuntamiento y juntas vecinales más la propia Diputación Provincial se han expresado explícitamente por el logro de disponer de autonomía propia, por desvincularse de la castellana. Una dinámica que se ha mantenido desde el origen del ordenamiento autonómico vigente. Tal desvinculación se demanda desde los cauces legales, por el derecho a la diferencia mas no por la diferencia de derechos. Se ha negado a los leoneses lo que se otorga al resto de españoles. Se han repetido,

ad nauseam, razones históricas y sociales, identitarias y diferenciales leonesas para disponer de autonomía propia con tantos derechos que conducen a afirmar que ninguna otra región hispana concita más motivos que la leonesa, motivos desatendidos; de igual modo, se ha denunciado la decadencia social y económica desde la vinculación forzada y fallida con la región castellana. Los pésimos datos se repiten y avientan por parte de analistas. Las leonesas y leoneses los escuchan y se manifiestan, así lo demuestran las medidas demoscópicas desde 1982; pero, los políticos, en general, los desoyen y osan insultar a quienes los delatan y se protegen bajo las urnas sin preguntarse si toda la voluntad democrática se explicita y resume en estas. El resultado y «lo más paradójico —afirma Juan Pedro Aparicio— es que la Junta reivindique una unión que nunca fue votada mientras ignora aquel reino leonés fue pionero en libertades civiles» y concluye: «No está al alcance de cualquiera convertir la mayor chapuza de la Transición en una reliquia medieval». Agrego: tal sucede en democracia y en la tierra cuna del parlamentarismo, cargada de una tradición de fueros y concejos, modelo de democracia temprana y de democracia participativa y directa, caso de los concejos. ¡¡Grave ironía!! En León, pues, asistimos a un inexplicable déficit democrático, al dominio por parte de una élite exógena a las circunstancias leonesas que no atiende la voz ni el anhelo de gran parte del pueblo o más bien cuida intereses económicos y ambiciones políticas de una minoría mientras se refugia bajo demagogias que no garantizan la voluntad popular. Al pueblo leonés no se le ha permitido elegir su acomodo en el modelo autonómico español. En este momento las gentes leonesas asisten: —a una evidente desigualdad política; —a un tratamiento diferenciado respecto las demás regiones y pueblos; —a un olvido constante de sus demandas; —a un maltrato social y económico de graves consecuencias, dando lugar al descenso a los últimos lugares en el ranking nacional en orden económico y demográfico. Una circunstancia que se sucede tozudamente, año tras año, indicador tras indicador, durante decenios y en ningún momento se ordenan modelos de corrección. Las voces de los leoneses tratan de canalizarse a través de convocatorias electorales, aceptan este rito democrático y realizan una entrega temporal y confiada a sus votados, mas, hasta la fecha, estos olvidan sus promesas hasta la siguiente convocatoria. La situación leonesa se ha vuelto dramática y convierta a esta tierra en una realidad marginal inmerecida para una tierra protagonista en la historia hispana en la defensa de las libertades. El pasado leonés avanzó entre éxitos y fracasos, mas el presente se ofrece incierto, los indicadores socio-económicos lo manifiestan, pero esta negatividad se agrava al no permitir a los leoneses «decir su propia palabra mientras se les orilló en un espacio político no votado. Las gentes leonesas anhelan tener presencia, la que otorga la herencia de los antepasados, la que concede los valores democráticos. Se amenaza con la fuerza del pragmatismo, un modo de contribuir a la esclerosis democrática que debilita la participación. Los leoneses demandamos igualdad, dogma fundamental de la fe democrática. Igualdad en cuanto personas no en cuanto cualidades o caracteres. La igualdad no es uniformidad. Es un modo de ser propio, diferenciado y respetuoso con los otros. En este momento habitamos un modelo birregional bajo un orden arquitectónico estático, forzado, elitista, exógeno y racionalmente inventado que se diluye tras discursos disfrazados o cargados de frases lapidarias ajustadas a sentimientos falsarios. A quien critica esta situación se desplaza a posiciones tangenciales o al despecho. La labor de crítica parte del compromiso creativo que todo ciudadano ha de ejercer. La acción descalificadora ajena al análisis y a la escucha de los ciudadanos es un modo de soberbia por parte de quienes la ejercen, un uso irresponsable del poder propio de ciertos líderes opuestos al diálogo que todo lo fían al número dado en las urnas. Estos líderes olvidan que una vez que se alcanza el poder, en democracia, han de desprenderse de él al mismo tiempo que lo ejercen. Mientras permanezca esta situación con una región histórica e irredenta, la leonesa, la democracia española se halla expuesta, sostiene un déficit democrático. León existe y los leoneses históricamente no han cejado de presenciarse. Nada justifica la vigente ocultación. Grave es la responsabilidad alcanzada por quienes sostienen esta acción antidemocrática de tergiversar el pasado y negar el presente. Datos equivocados, referencias equívocas y lo más grave: la negación de la voluntad de un pueblo, el leonés, a reconocerlo con autonomía propia. Mientras esta situación no se corrija la democracia española se halla en grave perversión; de igual modo grave es normalizar la situación, obedecer y consentir. La articulación de Estado democrático no puede ser sobre el dominio, la ocultación, el vaciamiento de una región sobre otra. Dígase alto: para los leoneses existe otro modo más cómodo de compartir el espacio hispano ¡Seamos irredentos!, por la supervivencia de nuestra tierra preferimos ser rebeldes a domados. No hemos de olvidar que el roble es el símbolo leonés, árbol que posee más raíces que ramas, guarda más que manifiesta. Proclamemos con A. Machado: «Hoy es todavía siempre». La historia es una construcción colectiva. Esta suficiente para saberse hacedores históricos. Es un proceso de revelación y en los momentos convenientes de rebelión, pues es el espacio necesario a través del que se ha manifestado el hombre, que ha dejado de ser escondido.

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