Un Narciso en La Moncloa
Con el patrimonio del Estado ha creado un imperio de súbditos que le adoran, le ríen sus gracias y aplauden sus mentiras y su demagogia.

Un día sí y otro también nos llega por las redes sociales multitud de videos referidos al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. La crítica mordaz que se hace del inquilino de La Moncloa, en la vida diaria, daría lugar a un enfrentamiento físico que, inclusive, abocaría a violencia con resultados fatídicos. He escuchado las palabras más fuertes que se pueden decir a una persona.
Estamos ante la dualidad amor-odio. Escudriñando los archivos no he encontrado ningún personaje que reciba tantos apelativos insultantes. Pedro se hace merecedor de los mayores improperios jamás conocidos desde que Caín mató a Abel y surgió el odio entre los seres humanos. Es el mayor provocador que ha engendrado el magma terráqueo. Pedro Sánchez es querido y odiado por millones de personas. Me detengo en la querencia. No es lo mismo querer que amar. Querer tiene un valor más material. Amar es un valor más espiritual. Es un signo de aprecio hacia el otro. Es un amor por el otro. Es el cariño que sientes por otra persona. Por el contrario, el querer es un signo materialista, egoísta, morboso, erótico. Algo así que, mientras, me des, te quiero y el día que dejes de darme, te desprecio. Estamos ante la prostitución de la querencia, pagar por los servicios prestados. Y me pregunto, ¿cuántas personas quieren a Pedro y cuántas lo aman? Yo diría que a Pedro lo quieren millones de personas y amarlo, puede ser que una sola, su mujer, Begoña Gómez. De momento, no tengo motivos para dudar de ese cariño. ¿Por qué a Pedro lo quieren tanto? Se me ocurre el dicho popular, ¿por qué te quiero Andrés? Por el interés. Pedro Sánchez ha tenido la habilidad de rodearse de una cohorte pretoriana que lo protege, viven, disfrutan placenteramente de sus querencias. Con el patrimonio del Estado ha creado un imperio de súbditos que le adoran, le ríen sus gracias y aplauden sus mentiras y su demagogia. Toda esta parafernalia de adoración es el resultado de un ser narcisista por excelencia. Pedro es la figura imperial que se sienta en el trono bajo un dosel de pleitesía, arrodillándose sus súbditos ante su majestad y besando sus pies, no importando que despidan sudorosos olores repelentes. Esta adoración por el personaje es fruto de una atracción y de un poder narcisista. Sí, Pedro es un narcisista. Está narcotizado y enganchado, de continuo, al opiáceo. Pedro se mira cada poco en el espejo y el mismo se piropea ¡Qué guapo soy! Encandilo a muchas personas. Tengo muchos seguidores. Soy un gran jugador, regateo muy bien, pero resulta que cree que está metiendo goles al equipo contrario cuando en realidad los introduce en su propia puerta. Aun así, su narcisismo no lo reconoce y es culpa de los otros jugadores. Sí, Pedro tiene una personalidad narcisista. Pedro es un enfermo mental con un aire irrazonable de superioridad. No le importan los sentimientos de los demás. Pedro necesita y busca atención, y quiere que las personas de su alrededor le admiren. Pedro es un dios que ha engendrado muchos hijos e hijas que acuden todos los días a mantener, cual Vestas, la llama del divino Zeus. El Pedro, narcisista, se esconde bajo una máscara. No está seguro de sí mismo y reacciona fácilmente a la más mínima crítica. Es engreído, orgulloso, soberbio. No admite críticas. El Pedro, narcisista, es perfecto. Pedro, se siente merecedor de todos los privilegios y por eso, debe recibir un trato especial. Su narcisismo le conduce a tal grado de superioridad que, sin haber logrado nada, se cree merecedor de todos los elogios y veneración. El narcisismo de Pedro le lleva a creer que es el mejor y todos los demás son inferiores con sentimientos de desprecio. De ahí, que Pedro ve a los contrarios, a la oposición, como un grupo llegado de un tercer mundo que aún no ha accedido a la civilización o que ha cometido tantos delitos que necesita ser reeducada. Pedro ha llegado a tal narcisismo que ha creado una serie de palmeros cuya misión es aplaudir. Pedro ha elevado, a tal grado, su narcisismo que su crítica es menospreciar a las personas ya que considera que son menos importantes. Pedro es engreído, orgulloso, déspota, maquiavélico, amoral. El narcisismo de Pedro le ha producido tal grado de neurastenia que sus alianzas con los independentistas, terroristas no son humillaciones, ni atentados contra la Constitución, contra el estado, son derechos que les asisten y, por concederlos, esos personajes díscolos, malvados, antipatriotas, terroristas, deben de estar agradecidos al traidor narcisista. El narcisismo de Pedro es una enfermedad de salud mental incurable. Necesita siempre llamar la atención. Se ve en todos sus ministros no importando en la ideología que caminen. Todos le rinden culto. No hay nada más que ver a la modelo de Zara, Yolanda Díaz, cómo sonríe las bufonadas de su jefe. Es fácil su querencia. Cuando habla el jefe y cuando le toca hablar refleja ese síndrome pasional hacia su presidente. El no a la guerra, el no a la Otan, el no al rearme de España, los judíos son unos genocidas, solo es de puertas hacia fuera. Dentro del tabernáculo todo son pasamanos, veneraciones no exentas de signos morbosos. El narcisismo de Pedro ha llegado, hasta tal punto con sus socios que, gracias a él, ellos están en la aureola del poder. La enfermedad de Pedro es la típica del sátrapa. Nadie está por encima de él. Todos son esclavos de su cohorte. La habilidad de Pedro para cautivar creo que sea objeto de las facultades de sicología y de los especialistas en marketing. Pedro es un vendedor de productos falsos. Pedro vende coches sin motor. Pedro construye casas donde no hay un solar. Pedro pone bombillas donde no hay corriente. Como dijera Arturo Pérez Reverte, Sánchez vende a su madre, pero no la entrega, o entrega la nuestra en vez de la suya. Sigue Reverte y dice que es un personaje fascinante a la vez que amoral, un malo maquiavélico que, en su opinión, no ha leído un libro en su vida. Caerá cuando ya no tenga nada que vender. Está vendiendo a España. Cuando a los catalanes y vascos les haya vendido toda la mercancía y Pedro no tenga ningún proveedor que le suministre. entonces ¿Qué será de Pedro? Pedro Sánchez ha plantado un narciso en la Moncloa. Todos los días debe regarlo para que no se marchite. El día que no haya agua, el narciso muere juntamente con su jardinero. Se acabó el narcisismo de Pedro. Entonces, Pedro entrará en una depresión y no tendrá más remedio que acudir a un psiquiatra para curar su exceso narcisista. Aun así, no tendrá cura. Su enfermedad es crónica.