Mil ideas…
Mil ideas, como una lluvia fina… o como una tormenta de verano, según se mire. Confiemos, por el bien de todos, en que no formen parte de la misma colección brillante de ocurrencias

Hay quien colecciona sellos, quien atesora monedas antiguas y quien, al parecer, guarda propuestas electorales en formol durante décadas para sacarlas a pasear cuando se acercan las urnas. Debe de ser un pasatiempo exigente, casi arqueológico, eso de excavar entre los cajones del poder hasta encontrar —¡eureka!— nada menos que mil ideas flamantes para «mejorar la comunidad». Mil.
Ni novecientas noventa y nueve, ni mil una. Mil exactas, como si el programa electoral se hubiera escrito con ábaco y paciencia de las benedictinas de Sahagún. La cifra, por sí sola, tiene algo de superproducción de Hollywood: promete épica, efectos especiales y, si uno no anda con cuidado, hasta palomitas. Lo verdaderamente conmovedor no es solo la abundancia, sino el momento de la revelación: después de siete años al timón y tras cuatro décadas de gobierno ininterrumpido de su partido, el presidente de la Junta ha debido de sufrir un súbito acceso de verborrea programática. Una iluminación tardía, pero intensa. La pregunta, inevitable, se abre paso con la delicadeza del ballet de un elefante en una cacharrería: ¿dónde han estado todo este tiempo? Porque cuarenta años dan para muchas cosas. Dan para idear mil propuestas… y para ejecutarlas dos veces. Dan para equivocarse, rectificar, volver a acertar y hasta para inaugurar lo ya inaugurado. Lo que no dan, o no deberían dar, es para descubrir de repente que necesitamos, justo ahora, un aluvión de ideas recién horneadas. Si cualquier gobierno, nacional, autonómico o municipal, suda tinta china para cumplir diez promesas en una legislatura completa, resulta enternecedor que se nos invite a creer en la viabilidad de una obra imaginativa de cuatro cifras. Mil propuestas suenan menos a plan de gobierno y más a catálogo de grandes almacenes: mucho escaparate, mucho brillo… y luego ya veremos qué hay en el almacén. Mientras tanto, León sigue aguardando. No se ha filtrado, qué casualidad, ninguna medida de esas que cambian o rompen inercias o, al menos, que despeinan la modorra institucional. No se vislumbra un compromiso nítido con las infraestructuras clave que la provincia necesita. Ni siquiera —y esto casi se agradece por su sinceridad involuntaria— alguna mentira concreta y reconocible con la que poder ilusionarse durante unos meses. Porque prometer, lo que se dice prometer, aquí se ha prometido mucho. ¿Dónde está aquella autovía hacia el Cantábrico que debía unir Ponferrada con Villablino, anunciada por su antecesor Lucas, como quien señala el futuro desde un atril? ¿En qué archivo duerme el parque agroalimentario que el presidente Herrera situó solemnemente en El Bierzo? Bueno, en este caso conviene no exagerar el misterio: no se perdió; simplemente hizo las maletas y apareció, con admirable sentido de la orientación política, en Medina del Campo. Y ya puestos a recorrer el mapa de las infraestructuras fantasma, prometidas y olvidadas, convendría preguntar también por la tantas veces invocada autovía León-Bragança, ese corredor llamado a unir Oporto con Gijón y a regar de mercancías y turistas todo el noroeste peninsular. Debe de estar en la misma carpeta que las demás: la de «próximamente», ese territorio administrativo donde el tiempo se detiene y las promesas envejecen sin llegar a nacer. Ahora llegan las mil ideas, como una lluvia fina… o como una tormenta de verano, según se mire. Confiemos, por el bien de todos, en que no formen parte de la misma colección brillante que aquella ocurrencia de la que se vanagloriaba el consejero, olvidado ahora, de enviar al paro invernal a las cuadrillas forestales, justo cuando tocaba limpiar y desbrozar montes para prevenir incendios estivales. Idea que, por cierto, solo mereció rectificación cuando la evidencia (y el humo) ya no cabían debajo de la alfombra e intoxicaban las estancias. Pues si algo no ha distinguido precisamente a la Junta en medio siglo, ha sido la prisa por desdecirse. Mil ideas, en fin. Ojalá no tengamos que asistir, dentro de unos años, al espectáculo aún más prodigioso de ver cómo se rectifican… una por una. Sería una tragedia presupuestaria disfrazada de comedia política cara, carísima, y remate inevitable en el ridículo de siempre. Bastante más onerosa, por cierto, que la propia creación de la autonomía leonesa.