Diario de León

José Luis Alonso Ponga

Cátedra De Estudios Sobre La Tradición. Universidad De Valladolid

Cabreros del Río, San Antolín del Esla y las tradiciones religiosas del sur de León

Las disputas estaban vinculadas a litigios por pastos y aguas, pero evolucionaron a una competencia por la preeminencia

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San Antolín, en latín Sanctus Antoninus, fue un mártir del siglo IV cuya devoción, procedente de Francia, se extendió por el norte de España durante los siglos X y XI. Es patrono de ciudades como Palencia y Medina del Campo, entre otros núcleos relevantes de Castilla y León.

La tradición palentina vincula su figura con la Reconquista a través de un relato legendario. Según esta narración, no documentada históricamente, el rey Sancho III el Mayor de Navarra, durante una jornada de caza, persiguió a un jabalí que se refugió en una cueva. En su interior encontró a un ermitaño que custodiaba el cuerpo incorrupto del santo. Impresionado por el hallazgo, el monarca ordenó levantar en ese lugar la catedral de Palencia. Esta leyenda adquirió cierto carácter histórico en el siglo XIII, al ser recogida en la Primera Crónica General de España y en la obra De rebus Hispaniae, contribuyendo a legitimar el origen de la diócesis palentina. Aunque en los siglos X y XI existieron varios mártires con el nombre de Antolín, el venerado en Palencia se identifica con san Antolín de Apamea, ciudad siria donde habría sido martirizado, también conocido como san Antolín de Pamiers, por la localidad francesa donde arraigó su culto. Su biografía es escasamente conocida y su muerte está rodeada de elementos legendarios. Según las tradiciones francesas, fue sometido a diversas torturas, entre ellas ser arrojado a un recipiente con azufre y plomo fundidos y posteriormente al río Garona con una piedra de molino atada al cuello, saliendo ileso. Finalmente, habría sido decapitado y su cuerpo nuevamente lanzado al río. Su culto está documentado ya en el siglo IX. Una leyenda creada para justificar la preeminencia de la ciudad del Carrión en la devoción al mártir afirma que el rey visigodo Wamba trasladó algunas reliquias del santo desde Narbona a Palencia hacia el año 673. Sin embargo, no existe constancia documental de las reliquias en la ciudad hasta 1065, pese a que el templo palentino se había dedicado al santo tres décadas antes. Desde una perspectiva histórica, se considera más verosímil que las reliquias llegaran a la península en la década de 1030, traídas por el noble leonés Rodrigo Galíndez. Junto a su esposa, la condesa Sancha, fundó un monasterio en un lugar denominado San Lorenzo, en la Vega del Esla, junto a Coyanza (Valencia de D. Juan), en la actual Granja de San Antolín. En un documento de la época se recoge el testimonio del propio Rodrigo, quien afirma haber viajado a Francia movido por la fama de los milagros del santo y haber traído reliquias que depositó en la iglesia que mandó construir: «Y yo, Rodrigo, temeroso del miedo y del fuego de la gehena del infierno, al oír las maravillas y virtudes que el Señor Dios realizaba por medio de su siervo, el santo Antonino, entre quienes acudían a su tumba en la tierra de Francia, me dirigí a esa tierra y de allí traje reliquias, que fueron depositadas en esa misma iglesia que allí edificamos por mandato de Dios, y también deseé tener allí sepultura». Este monasterio, de carácter familiar y del tipo denominado dúplice —con comunidades separadas de monjes y monjas bajo la autoridad de un abad— fue donado por la condesa Sancha a la catedral de León en 1040. Según el investigador Florian Ferrero Ferrero, máxima autoridad en estos estudios, hacia 1059 el rey Fernando I y el obispo Alvito trasladaron las reliquias de san Antolín a la catedral de Palencia, posiblemente para favorecer relaciones con su obispo en el contexto de una reorganización de límites diocesanos. Con el tiempo, el monasterio pasó a desempeñar principalmente funciones económicas, centradas en la explotación agrícola y ganadera, favorecida por las importantes donaciones iniciales. Tras la desamortización, el conjunto pasó a manos privadas, aunque se mantuvo el culto en la iglesia, que siguió siendo un referente de religiosidad popular en las comarcas de Los Oteros y la Vega del Esla. De este legado perviven hoy la ermita y la imagen de la Virgen del Dado, así como la tradición de acudir en romería a La Granja el lunes de Pentecostés. Antiguamente participaban varios pueblos; posteriormente quedaron dos: Cubillas de los Oteros y Cabreros del Río. En la actualidad, la celebración se mantiene principalmente por voluntad de este último municipio. La Virgen del Dado, una escultura sedente con el Niño sobre la pierna izquierda, ha sido clave en la continuidad de esta tradición, que aún hoy se celebra con romería y canto del ramo. En el libro que Juana García González dedicó a Cabreros del Río

El ayer de un pueblo leonés, recoge la rivalidad histórica entre este municipio y Cubillas de los Oteros, los dos pueblos con derecho a portar y cantar el ramo. La competencia entre ambos grupos era intensa y, en ocasiones, derivaba en enfrentamientos físicos. La autora citada relata las peleas que conoció, y que yo miso recogí por tradición oral de ancianos en la década de 1970. Me contaron que en alguna ocasión, finalizada la romería y cuando cada uno se retiraba a sus lares, los mozos de ambos pueblos se quedaban y resolvían las rencillas a golpe limpio. Ello no impedía la convivencia natural de ambas comunidades entre las que eran frecuentes loa noviazgos y matrimonios. Desde una perspectiva antropológica, estos episodios se interpretan como manifestaciones de «agresividad ritualizada», un mecanismo para canalizar tensiones dentro de un marco festivo y religioso, descrito por autores como Barandiarán y Caro Baroja para el País Vasco. En nuestra tierra, originalmente, las disputas estaban vinculadas a antiguos litigios por derechos de pastos y aguas, pero con el tiempo evolucionaron hacia una competencia simbólica por la preeminencia en la celebración. El ramo, de forma triangular y adornado con velas y rosquillas, era cantado por las mozas del pueblo, aunque las letras las componían personas especializadas. Estas composiciones reflejan las preocupaciones sociales de la época, especialmente la conducta de los jóvenes, criticada en versos que lamentan el abandono de las prácticas religiosas: «Los jóvenes libertinos/ de los padres no hacen caso/ que se marchan a los juegos/ a tabernas y teatros». A pesar de la insistencia del clero, se percibía una progresiva relajación de las costumbres cristianas: «Se van a la libertad/ las ocasiones buscando/ sin procurar ir a misa/ tampoco al santo rosario». Cabe preguntarse, en tono irónico, si los mozos entraban en la iglesia a escuchar estos mensajes o preferían permanecer fuera, echando un cigarro, ajenos a tales admoniciones.

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