Rufianescas
Dice el rufián que los enjuagues del zapatero, a quien tanto cariño guarda, le han jodido. Lo que no dice es por dónde, aunque baste para saberlo con verle la mofletada.
Dice también que si esto de los enjuagues es verdad, es una mierda, y si no lo es, es otra mierda, pero mayor. De lo que se deduce por igual su ignorancia de la citada verdad como su vasto conocimiento de las flemas, lo mismo en alcance como en volumetría y fluencia. Dice luego que tiene ojos en la cara, y que con esos ojos ve, y viendo se avergüenza. Y con la vergüenza se le vienen negras nubes a empañarle la inteligencia. Y de estos augurios y estos nublados sospecha gran catástrofe y el consiguiente desapego del proletario y la gleba. Todo lo cual, con ser meras proyecciones, son momentos de pesadumbre y tiniebla. Dice asimismo que esto no es propio de ellos, no forma parte de sus anhelos o de su comportamiento; porque ellos, los suyos y los que como él menudean en política, son gente honrada, gente de principios, como el Bruto de Shakespeare; a ellos, el dinero no los guía ni aún menos los corrompe, son moralmente superiores y están muy lejos de bajar al nivel del resto, conque prefieren la utopía, el bien común y la expropiación ajena antes que el fajo tobillero y la mordida seca. Dice, al fin, que si el guiso cuaja y al zapatero se lo calzan, pues está él para lo que sea, mayormente para ayudar, porque él ha venido a ayudar a la plebe, y si para ayudar hay que sacrificarse, pues se sacrifica y lidera en razón y a siniestra, un nuevo frente redentor listo para guiar a las multitudes extraviadas, huérfanas de ideas. Que es como decir que las multitudes son ovejas y él es el pastor al que nada le falta, dispuesto a cuidarlas en la noche oscura y hasta el claro del alba. Lo dice con ese deje pesebrón y un algo hortera, al estilo Pedro Navaja. Lo dice y uno se piensa que es un poco como escuchar al rucio de Sancho Panza, aligerado por la prosa bajera de Barbara Cartland. Porque el rufián tiene aspecto de eso, de paisana blonda remetida en faja, sin depilar y con bufanda, toda rellena de buenos principios y de grandes palabras. Gentiles por elección, nosotros siempre hemos preferido los intereses a los principios: con la gente con intereses se negocia, se tardea, se cocina; con la gente de principios, lo mejor que puede esperarse es una banda organizada o una puñalada trapacera. Un principio es siempre el disfraz moral de un prejuicio: conviene entonces guardarse de los tipos de profesión «buena persona», esos de tener poco y dar mucho, porque quienes tienen poco sólo puede dar mucho si lo roban.