Diario de León

Ricardo Del Pozo Martín

Director De Proyectos En Dt Global Europe

Cautivos de Argel

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Cervantes fue cautivo en Argel durante cinco años. España tardó en rescatarlo. Pagó tarde, pagó caro y aprendió, por las malas, que el Mediterráneo nunca perdona del todo la arrogancia de quien mira solo hacia una orilla.

Cuatro siglos después, España ha vuelto a toparse con Argel. No como literatura, sino como factura. La factura del rescate de un país cautivo de su propia improvisación: un gasoducto convertido en recordatorio, el comercio bloqueado, un embajador retirado, empresas paralizadas y una desconfianza que no se borra con una visita ministerial ni con una nota de prensa sacando pecho. Argelia siempre ha sido el aliado tapado de España. No es el más cómodo ni el más simpático. Pero sí uno de los más necesarios. Es el socio invisible que sostiene una parte decisiva de nuestra seguridad energética, de nuestra frontera sur y de nuestra estabilidad mediterránea. Y es, además, nuestro margen de maniobra frente a Marruecos. Y precisamente por eso resultó tan grave el volantazo español sobre el Sáhara Occidental en 2022: no solo por el fondo de la decisión, sino por la forma. Por la ligereza. Por esa costumbre tan española de mezclar maniobras personales o tácticas con la política exterior de todo un país. Pedro Sánchez quiso cerrar con Rabat un problema que nunca explicó del todo y abrió otro con Argel. Cambió la posición histórica española sobre el Sáhara para respaldar el plan marroquí de autonomía, pero lo hizo como si Argelia fuera un actor secundario, una sombra molesta en el decorado magrebí. No lo era. Nunca lo ha sido. Argelia no era el decorado: era la bisagra. La respuesta argelina fue dura, pero no irracional. Retiró a su embajador, suspendió el Tratado de Amistad de 2002 y permitió un bloqueo de hecho del comercio no gasista mediante restricciones bancarias y comerciales. Castigó a España donde más podía dolerle. Pero no rompió el suministro energético. Ahí estuvo la inteligencia fría de Argel: no cortó el gas; hizo algo más eficaz. Recordó a Madrid que podía hacer daño sin quemar el puente. Porque el gas es la realidad incómoda que desmiente muchos discursos. En plena crisis, Argelia siguió siendo esencial para España. Fue el segundo proveedor de gas en 2022 y volvió a ser el primero en 2023 y 2024. En 2025 continuó liderando las importaciones españolas, con el 34,6% del total. La arteria principal tiene nombre propio: Medgaz, el gasoducto directo entre Beni Saf y Almería, con una capacidad nominal de más de 10.000 millones de metros cúbicos al año. Mientras se hablaba de deshielo, de normalización y de «excelentes relaciones», la verdad seguía bajo el mar, bombeando gas hacia España. La geopolítica, a veces, no se escribe en comunicados. Se mide en gigavatios hora. El golpe económico fue igualmente claro. Las exportaciones españolas a Argelia se hundieron: de 1.021 millones de euros en 2022 a apenas 332 millones en 2023. Cerámica, alimentación, piensos, transporte, productos industriales. Empresas españolas que no habían decidido nada sobre el Sáhara pagaron la factura de una política exterior mal gestionada. Luego llegó la recuperación: 794,5 millones en 2024 y 2.133 millones en 2025. Pero la confianza no funciona como un interruptor. Se puede reabrir una domiciliación bancaria en un día; reconstruir la credibilidad lleva años. También está la frontera. Esa frontera líquida que España solo parece recordar cuando aparecen pateras, cayucos, cifras incómodas o titulares de alarma. Argelia no es únicamente un proveedor de gas. Es un socio policial, migratorio y de seguridad en una de las rutas más sensibles del Mediterráneo occidental. Las autoridades argelinas interceptaron miles de salidas irregulares con destino a España, y la cooperación en seguridad se mantuvo incluso cuando la política estaba congelada. Conviene subrayarlo: mientras los discursos se inflamaban, las policías seguían hablando. Mientras la diplomacia se enfriaba, la realidad seguía trabajando. Porque con Argelia no nos une solo un gasoducto. Nos une una frontera. Y quien no entiende eso no está haciendo política exterior: está jugando al Risk con mapas viejos. Y hay algo más. Nos une una memoria mediterránea que España trata demasiadas veces con una mezcla de ignorancia, desdén y burocracia. Orán, el exilio republicano, el Instituto Cervantes, las familias, los estudiantes, los visados, las empresas, los consulados. Bajo la relación estratégica hay una relación humana. Bajo los comunicados oficiales hay vidas pequeñas, trámites, esperas, permisos, viajes, negocios, proyectos y familias partidas por una ventanilla consular. Cuando los cauces legales se estrechan, cuando la movilidad se politiza y cuando la administración se vuelve opaca, no desaparecen los vínculos. Se ensucian. Crecen la irregularidad, la corrupción, el resentimiento y la sensación de arbitrariedad. La política exterior no es solo lo que firman los ministros delante de una bandera. Es también lo que sufre la gente corriente cuando un país decide improvisar con otro. España necesita a Marruecos. Por supuesto. Sería infantil negarlo. Pero también necesita a Argelia. Y la madurez consiste precisamente en saber las dos cosas al mismo tiempo. El Magreb no admite políticas de adolescente: hoy me reconcilio con uno, mañana enfado al otro, pasado mañana improviso un viaje y al siguiente vendo normalidad. El Magreb exige equilibrio, memoria, paciencia y respeto por la complejidad. Lo contrario no es audacia. Es frivolidad con consecuencias. Hoy la relación con Argelia está mejor que en 2022. Hay embajador, comercio reabierto, cooperación policial, diálogo energético y visitas oficiales. Pero no hemos vuelto exactamente al punto de partida. Esa es la trampa de las normalizaciones oficiales: confunden reabrir una puerta con recuperar la confianza. Y no es lo mismo. Hemos pasado de la rutina a la interdependencia vigilada. Argelia ha aprendido que puede presionar selectivamente a España sin romper el canal energético. España ha aprendido —tarde y mal— que un socio estratégico no se descubre cuando se enfada. Y las empresas españolas han aprendido algo aún más duro: que los errores de la política exterior los cometen los gobiernos, pero a menudo los pagan quienes exportan, invierten, contratan o simplemente intentan trabajar. Cervantes salió de Argel gracias a un rescate. España también está pagando el suyo: en contratos perdidos, en confianza dañada, en empresas castigadas y en una evidencia que nunca debió olvidarse. La política exterior no consiste en elegir vecinos simpáticos, sino en gestionar vecinos imprescindibles. Y Argelia lo es. Imprescindible. Aunque Madrid haya necesitado una crisis para recordarlo.

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