Diario de León

Gaspar Méndez

Economista, Profesor De Geografía E Historia

La esfinge maragata

Un recorrido literario, con múltiples derivaciones, a través de la obra y vida del pintor modernista Demetrio Monteserín

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La primera vez que apareció ante mí el nombre de Demetrio Pérez-Monteserín fue en un breve artículo de Luis Alonso Fernández, en el número correspondiente a la primavera de 1981 de la revista de la Casa de León en Madrid. Estaba dedicado a este pintor, nacido en Villafranca del Bierzo en 1876, al leonés José Vela Zanetti y al también villafranquino, pero más contemporáneo, Norberto Beberide, a quien llegué a conocer personalmente. También desconocía que Monteserín era el autor de la decoración pictórica del Teatro Villafranquino, lugar en el que me inicié como espectador cinematográfico.

Los padres del pintor se establecieron en Astorga siendo él aún niño. En esa ciudad se casó con una sobrina del político Manuel García Prieto, y allí transcurrió una buena parte de su vida, aunque la familia habría de pasar largas temporadas en París, donde nació su hija Olga. En la capital francesa pintó fundamentalmente retratos de damas de la alta sociedad francesa y también de la norteamericana. Adscrito al modernismo, aparte de retratos, pintó escenas costumbristas, como la que lleva por título «Boda»; destacó como ilustrador y, sobre todo, como decorador de edificios emblemáticos, como el Teatro Calderón de Madrid o el Gran Hotel de La Toja. Suyo es también el cuadro que lleva por título «Promulgación de los fueros de León», que preside el salón de sesiones de la Diputación Provincial. Años después de conocer al pintor y su obra, habría de saber del inicio de un proceso de beatificación de tres enfermeras astorganas de la Cruz Roja, fallecidas en Somiedo durante la Guerra Civil, siendo una de ellas, Olga Pérez-Monteserín, hija del pintor. En un principio asocié que las tres muchachas eran monjas y habría de ser Dª Carmen Fernández Cuervo, entonces directora del Archivo Provincial de León, quien me sacara del error. Ella conocía muy bien la historia y, además, poseía un cuadro del propio Monteserín. Eran enfermeras voluntarias que acudieron, bajo la bandera de la Cruz Roja, al frente y que murieron asesinadas a manos de los milicianos republicanos, dirigidos por Genaro Arias Herrero «El Patas», en una grave violación del estatus de neutralidad de la institución a la que pertenecían y de los propios usos de la guerra. Hace dos años, durante una visita a la catedral asturicense, reparé un instante en la tumba de las tres beatas (desde 2021): Octavia Iglesias Blanco, Pilar Gullón Yturriaga y la ya mencionada Olga Pérez-Monteserín. Por esa misma época encontré en internet, en Todocolección, un retrato femenino del propio Monteserín y, quizás por envidia hacia la antigua directora del Archivo, se me antojó. El precio estaba lejos de lo que yo estaba dispuesto a pagar e hice una oferta a la baja que, lógicamente, no fue aceptada. A finales del año pasado, comiendo con el otro Monteserín, el de Balboa, aún algo pariente del primero, pudimos comprobar que todavía seguía a la venta. Repetí la puja y esta vez fue aceptada, siendo así como un Monteserín pasó a decorar mi escritorio. La presencia del cuadro, unida a mis investigaciones sobre la Guerra Civil, despertaron en mí el interés por el episodio de Somiedo, llevándome a buscar y leer el relato de Concha Espina que lleva por título «Princesas del martirio», en el que la escritora santanderina narra, en cinco capítulos llamados caminos, la llegada de las enfermeras al frente asturiano y su muerte a manos de los milicianos. En una prosa cargada de lirismo enaltece las virtudes de las tres muchachas y también las del médico y el jefe de los falangistas que defendían el hospital de campaña. «Aquel Marvá de Villafranca, apuesto y viril organizador de la falange en su pueblo, que lo fue de santos y eremitas, era el hombre sin miedo y sin tacha, el de los veinticinco años (realmente veintiocho) prometedores, el que solía decir frente a los peligros y las aventuras: «Adelante, sólo se muere una vez». Diríase que había elegido la ocasión más bizarra y hermosa para morir». Así, bajo la atenta mirada de Segunda Pérez de Arregui, que tal era el nombre de la enigmática mujer de largo cuello que algún día pintó Monteserín, literatura y arte volvían a llevarme a Villafranca, villa en la que pasé buena parte de mi adolescencia, y en la que su plaza del Campairo llevó durante años el nombre de José Fernández Marvá. Una búsqueda rápida en Internet me llevó a un libro de reciente publicación, que su autor, José Antonio Fernández Llamas, quiso titular con aquella frase de Concha Espina: «Aquel Marvá de Villafranca» (Ed. Lobo Sapiens, 2025). Se trata de una obra bastante dispersa, como su propio subtítulo quiere indicar: «Mucho más que una crónica de la Guerra Civil: un sinfín de anécdotas», pero también de una obra que complementa perfectamente «La noche del desarme» (Alicornio 2025), de mi autoría. Además de tratar los antecedentes y el desarme del 20 de julio del 36 en Villafranca, describe con todo lujo de detalles el «copo» de Somiedo, en el que perderían la vida las enfermeras, así como la literatura que este hecho generó. Se trata de un libro ampliamente ilustrado con fotografías de época y modernas, entre ellas el Dodge Carnero, taxi de Villafranca, en el que Lolo Minuto acompañó a su padre a Somiedo en busca de noticias sobre su tío, José Fernández Marvá; coche que conozco bien, pues ahora, completamente restaurado, es propiedad de un buen amigo, nieto del primer chófer de Vega de Valcarce, también protagonista del desarme. El círculo se cierra. Pintura y literatura incitan a contactar con viejas amistades, como el hijo de Lolo Minuto y Pepín de Tomasón, o a iniciar otras nuevas, como el propio José Antonio Fernández Llamas, sobrino nieto de Marvá; y todo en presencia de esa mujer de cuello alargado que algún día, ya por todos olvidado, pintó Demetrio Pérez-Monteserín. Por ahora no conseguí saber más que su nombre, aunque, a veces, prefiero llamarla con el título de otra novela de Concha Espina: «La esfinge maragata».

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