‘Mis curvi’ en la Rusia del zar
Buscando la belleza se puede alcanzar la salud y buscando la salud la belleza, un fin en sí mismo para verse mejor, gustarse más...
Uno de los motivos que me llevó a leer Anna Karenina es que su comienzo se ha tomado como uno de los mejores de la literatura universal: «Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo». Lo cual me sorprendió desde la primera vez que lo escuché, ya que esta frase no es más que una reconstrucción de la lírica arcaica recogida por Aristóteles en Ética a Nicómaco: «Los buenos son de una sola manera, de muchas los malos».
Ética a Nicómaco es brújula, síntesis de pedagogía y salud social y psicológica; un estudio sobre la felicidad lograda a través de la virtud: elección de la condición media entre dos extremos (vicios), uno por exceso y otro por defecto. Pongamos algunos ejemplos: el generoso es aquel que se sitúa entre la avaricia y la prodigalidad; el amigable, entre el complaciente o adulador y el pendenciero o intratable; el valiente, entre la cobardía y la temeridad… De ahí que los buenos (virtuosos) sean de una manera y de muchas, según sus excesos o defectos, los malos. Tolstoi reconstruyó la frase, en el lugar de la persona situó a la familia como objeto de desdicha y como vicio que lleva a la infelicidad, hilo conductor de toda la novela, el adulterio. Sin embargo, basta su lectura para extraer la intención política de Tolstoi que no es otra que la defensa del conservadurismo frente al incipiente liberalismo de la época. No me malinterpreten: no estoy haciendo ninguna defensa del adulterio, lo que quiero decir es que resulta contradictorio que uno de los mayores psicólogos y analistas de todos los tiempos haya necesitado de la justicia poética contra los «malos», sufrimiento sin otra salida que la muerte, para defender la supuesta felicidad de aquel (Lyovin en la novela) que parece encontrarla en su innegable sentido del bien a través de la religión, la sacralidad del matrimonio y las buenas obras. (Otra coincidencia entre
Anna Karenina y Ética a Nicómaco es que una termina como comienza la otra: «Mi vida (…) tiene un innegable sentido del bien y yo soy lo bastante fuerte para implantar ese sentido en ella», finaliza Tolstoi a través de Lyovin; «El bien es aquello a lo que todas las cosas aspiran…», primer párrafo de Aristóteles.)
Anna Karenina permite múltiples lecturas. «El propósito de un escritor no consiste en resolver una cuestión de una vez para siempre, sino en obligar al lector a ver la vida en todas sus formas, que son infinitas», una declaración de Tolstoi que me hace sospechar que tal vez se sometió a la autocensura de su tiempo porque de lo contrario me resulta contradictorio el encajonamiento moralizante del libro con su impresionante apertura y minucioso análisis social y psicológico, mas cuando pese a su «pecado», Anna Karenina encarna lo que se puede llamar una persona libre y valiente frente a las duras y alienantes convenciones sociales que sometían a la mujer a la dependencia económica de su marido sin otro oficio que la maternidad. Anna Karenina vestía una XL, se puede decir que era una
mis curvi en toda regla, una mujer «llena» en palabras de Tolstoi y no creo que la describiera así solo por gusto o moda de la época, incluso tal vez lo contrario: «Ella salió con el paso ligero que con tan rara agilidad sostenía aquel cuerpo un tanto lleno». Anna Karenina no perdió la capacidad de seducir cuando al pasar los años aumento de kilos (Tolstoi refleja bien la realidad de la vida hasta en su amante Vronski y su incipiente calvicie) porque eran otros atributos, como mostraré en otro artículo, los que la convertían en una mujer magnética. Anna Karenina poseía una cultura fascinante y un admirable dominio de las relaciones, sabía escuchar e intervenir en el momento preciso, y ganarse la atención de cualquiera; era una mujer firme, de movimientos ágiles y segura de sí misma, coherente y, sobre todo, decidida. Tolstoi alejó el foco de su cuerpo sin que por eso se advierta ninguna falta de atractivo, más bien atraía con su vitalidad y energía. Permítanme decirlo de un modo tan provocativo como pueblerino: era una buena jata, de esas que levantaban y levantan pasiones dejando el 90, 60, 90 blanca caucasiana para las florituras snobs. ¡Ojo!, no es que me quiera meter con esas medidas, si no con cualquier medida como norma de belleza. Pero una cosa es afirmar que la belleza radica en la variedad de los cuerpos humanos, tal y como lo creo, y otra carecer de modelos, es decir, aquello que nos sirve de referencia. Pero qué referencia en un mundo de cuerpos no normativos y mestizaje mundial. Qué referencia si la belleza la podemos encontrar en las diferentes pieles, desde la blanca a la negra; de físicos, desde el estilizado a las grandes curvas y volúmenes, desde el poco de arriba y mucho de abajo, desde la abundancia en todo, desde el finito al… En definitiva, desde en la variedad está el gusto y hay para todos los gustos, gustos de hombres o mujeres y en cualquiera de las formas que tengan de amar. Como los hombres también valoramos, aceptamos o sufrimos nuestros físicos, voy a derivar la conversación hacia nosotros para evitar perdernos en circunloquios de corrección política y no acabar incluso señalado por compartir una reflexión escrita hace 2.400 años y que no ha perdido un ápice de vigencia (o tal vez esté más vigente que nunca). Independientemente de nuestra raza, color de piel, estructura… de no existir un estándar de belleza humana, ni siquiera en el hombre de Vitruvio, podemos afirmar con Aristóteles que incluso en la belleza algunos defectos dependen de nosotros y otros no. Desde que somos niños nos damos cuenta que resultamos más o menos atractivos, que unos se llevan las miradas y el interés sin mucho esfuerzo y otros se lo van a tener que trabajar un poquito más; incluso en la variedad, hay proporciones, medidas, rostros… que atraen en toda época. Eso no depende de nosotros, pero lo que si depende, y dicho por Aristóteles, es el cuidado personal, la buena alimentación y el ejercicio en su justa medida, virtudes que merecen la pena. Sin duda este es el modelo de referencia. Buscando la belleza se puede alcanzar la salud y buscando la salud la belleza, un fin en sí mismo para verse mejor (no necesariamente mejor que otros), gustarse más, poder levantarte de una caída sin necesitar ayuda, visitar una ciudad sin sofocarte y, después de los años, quizá bailar en el salón de una residencia sin estar postrado en una silla de ruedas. La gente que se cuida por lo general se conserva más joven y guapa, tiene mejor calidad de vida y en su vejez será más autosuficiente. En definitiva, han logrado mantener unos hábitos que los harán más felices. Espero haber sido amigable (ni pendenciero ni complaciente) en un tema tan delicado como necesario.