Delegados del Gobierno indeseables
«Su partido le puso ahí para servir de marioneta. Aloja a los policías de la UIP en antros»

El Diccionario de la lengua española ofrece varias acepciones para el término «indeseable». Dejaré la RAE para el final. Antes, los hechos y las palabras.
Creo que ya escribí en esta tribuna sobre el delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín. Un tipo complaciente con Bildu, grupo heredero político de la banda terrorista ETA, con 853 asesinatos a sus espaldas. Martín afirmó públicamente, y así quedó grabado para su vergüenza, que los proetarras de Bildu habían hecho más por los españoles que todos los patrioteros que llevan la rojigualda en una pulsera. La expresión fue suficientemente elocuente y ofensiva. Y suficientemente agraviante e imperdonable para las personas que lucen la bandera en una pulsera, en un uniforme o en cualquier otro lugar. ¿Se puede caer más bajo en el ejercicio de la representación institucional? Parece que siempre queda un peldaño. Su colega en Ceuta, el delegado del Gobierno Miguel Ángel Pérez Triano, a quien muchos ceutíes han rebautizado como «Tirano», se ha colocado en el centro de una polémica todavía más grave. La primera vez que lo vi en una rueda de prensa, situado detrás de un tenso Pedro Sánchez, a punto de irse de vacaciones, y del atrincherado ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska (nacido en Bilbao como Grande Marlasca Gómez antes de euskaldunizar sus apellidos), tuve una impresión poco favorable. Las impresiones, naturalmente, no son pruebas de nada, pero los hechos sí. Y por eso lo verdaderamente relevante no es su mirada huidiza ni su gesto desconfiado de quien parece temer algo, sino su comportamiento y, sobre todo, si dice la verdad o miente. Su antiguo y ya dimitido jefe de gabinete ha declarado que trasladó al delegado los avisos urgentes del CNI relacionados con la invasión migratoria de la ciudad desde Marruecos. «Tirano» lo niega con la media sonrisa nerviosa de quien sabe que antes o después lo van a pillar en el renuncio. «¿Alguien duda de que se los dio?», me comenta un veterano policía nacional destinado en Ceuta. Su juicio sobre Pérez Triano es demoledor. «Tirano es un maestro de educación primaria que no tiene ni idea de ciencia policial. Su partido le puso ahí para servir de marioneta. Aloja a los policías de la UIP en antros. Terminará condenado, pagando los platos rotos de los de arriba. Para eso lo nombraron», concluye el agente. Es la opinión de un policía que lleva muchos años conociendo la realidad ceutí sobre el terreno. Una opinión que retrata el clima de indignación existente entre quienes tienen que sostener la frontera, la seguridad ciudadana y el orden público con el uniforme puesto. Ceuta es una ciudad genuina. El sentimiento español se palpa, antes y ahora, en sus calles y establecimientos. Pocos centros de la Uned de cuantos conozco tienen ese arraigo tan profundo. A ello se suma que sus aulas ceutíes cuentan además con una nutrida presencia de alumnos de tradición árabe. Y regreso por fin al diccionario de la RAE. La palabra «indeseable» admite varias acepciones. Una alude a la persona cuya presencia se considera inconveniente o peligrosa; otra, a alguien de trato poco recomendable, cpróximo en el lenguaje común a términos como canalla, granuja, infame o miserable. Y existe una tercera, más amplia y general: aquello o aquel que, por sus actos, cualidades o consecuencias, es indigno de ser deseado. No seré yo quien elija por usted. Quédese, amigo lector, con el sentido que considere más justo.