Diario de León
Publicado por
Fernando Ónega
León

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Ante las elecciones, una dosis de crispación es inevitable. Incluso recomendable. Unas elecciones sin ataques personales, sin insultos, sin ladridos, parecerían amañadas. Pero aquí se están batiendo todas las marcas. Mejor dicho: las está batiendo, de forma personal, el Presidente del Gobierno. No hay día en que no ponga algo de confrontación en el ambiente. Quien vea habitualmente los telediarios se ha familiarizado con la imagen de un jefe del Ejecutivo irritado, que recurre al estilo de la bronca al resto de los humanos simplemente para defender su verdad. Las dos últimas andanadas se produjeron en el breve espacio de 48 horas. Primero sugirió que los socialistas podrían meter la mano en «la hucha» de las pensiones. En el acto público siguiente acusó al líder del PSOE de «oportunismo, aislacionismo rancio y ansiedad de poder». José María Aznar parece hacer aceptado y asumido el papel de azote de su propia oposición. Es, quizá, un estilo. Es la manifestación de ese animal político de combate que siempre le ha distinguido y tantos éxitos le da dado desde el famoso «Váyase, señor González». ¿Veremos a ese Aznar peleón en el debate de hoy? Supongo que no. Si se siguiera lanzando por ese estilo de confrontación, arruinaría las escasas posibilidades que tiene de conseguir un mínimo consenso; calentaría más el ambiente para la protesta de la izquierda anunciada para el día 15; y, sobre todo, haría un discutible servicio al país. No es fácil entender la estrategia de crispar a la sociedad desde el Gobierno, cuando el Gobierno tiene la obligación de mantener tranquila a la sociedad. Y algo más pragmático: ¿se ha visto alguna vez que la crispación haya beneficiado electoralmente al poder? Nunca. Sólo beneficia a la oposición, como Aznar sabe en su propia experiencia. Me pregunto si, con sus broncas, Aznar está trabajando a favor de Zapatero. Lo sugieren los últimos sondeos de opinión.

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