Diario de León
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León

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CUANDO lo conocí, José Ángel era exactamente igual que ahora: alto y barbado como un cristo laico en la iconografía pacifista de los sesenta. Le llamábamos cariñosamente «Cigüeño»: en aquel momento encabezaba el movimiento de protección de esas aves que anuncian la primavera y los nacimientos. Pudo ser esa la primera -quizá la única- batalla que ganó: ahora las cigüeñas anidan en abundancia por estas tierras y ya ni siquiera emigran ante el espléndido manjar de los basureros. Ellas se han acomodado. José Ángel no. Durante un tiempo, intentó convencerme para que devolviera la cartilla militar. Nunca te hice caso, José Ángel. A los que la suerte o la natalidad del desarrollismo nos regaló con no hacer la «mili» aquel papel nos parecía el billete de lotería premiado del que no nos podíamos desprender. Desde entonces, no ha habido una justa causa perdida en el Bierzo en la que la camisa a cuadros de José Ángel y su voz de rockero rural no haya destacado. El movimiento ecologista, el pacifismo, la campaña anti OTAN, la no violencia, la cultura alternativa, han tenido en él un activista incansable, un protagonista vital, un personaje genuino y «naif», una voz de indiscutible autoridad contra toda autoridad impuesta. En estos días pre-bélicos tiene más trabajo que nunca. Por eso hoy me apetece regalarle un verso de Brecht: «¡Qué tiempos son estos / en que una conversación acerca de los árboles casi es un crimen / porque implica estar callando sobre tantas fechorías!». No es mucho pero le puede aportar una luz a los que, como él, vivimos en tiempos sombríos.

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