AL TRASLUZ
El marciano
A nadie se le puede zarandear por las solapas para que se sienta español, ni siquiera al señor Anasagasti. Pero pese a todo, conviene no confundir los verbos ser y sentir. Anasagasti es español, porque nació en España, en un lugar llamado País Vasco. Hasta ahí, la realidad objetiva. Una vez dicho esto, como si se siente tirolés. Su machadita antimonárquica me deja indiferente, ya sabemos que a quien le gustaría ver en los sellos y en los billetes es a Arzalluz coronado. Es decir, lo suyo no es exactamente republicanismo, sino rabieta. Junto a acertados y legítimos análisis contra la guerra asistimos a los juegos florales de quienes como el señor Anasagasti consideran que la ocasión es propicia para hablar de lo suyo. Da igual lo que ocurra en el mundo, del que España forma parte, porque para ellos todos empieza y termina en la palma de su mano, y todo lo demás es oprobioso centralismo. Y si no le podemos obligar a sentirse español, aunque lo sea, tampoco se le puede exigir que se sienta monárquico, aunque viva en una monarquía. Desde luego, prefiero la monarquía española que ha sabido estar a la altura de las circunstancias y que ha sabido solidarizarse con el sufrimiento de su pueblo, que el caudillismo pseudohistórico de un PNV, incapaz de transmitir valores que vayan más allá de su fronterita, con medias verdades que son rotundas mentiras. Anasagasti confunde la labia con la oratoria. Le falta esa arquitectura ética con la que los buenos políticos construyen sus discursos más difíciles. Y carece de coherencia para hablar de paz. Ni español, ni vasco: marciano. No es que lo suyo no sea ya de este mundo, es que es de otra galaxia que está muy muy lejana. Ni siquiera fueron las suyas palabras valientes, aunque él mismo lo crea. La valentía es otra cosa. La de San Gil o Rosa Díez, por ejemplo.