Diario de León
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León

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LA periodista Isabel Durán contaba ayer por la radio que estuvo en el Congreso de los Diputados justo cuando las televisiones de todo el mundo transmitían en directo el final de la guerra en Bagdad y el derribo de una gigantesca estatua de Sadam en medio del júbilo de los bagdadíes. Y decía que el ambiente que reinaba entre los parlamentarios de la oposición que veían la televisión era silencioso y triste, como si estuviesen asistiendo a una gran derrota. «Aquello parecía más un funeral que otra cosa», comentó. No me choca la aparente paradoja de unos políticos democráticos que se entristecen porque se acaba una guerra de la que llevan meses abominando. No me choca porque las razones de su actitud hacia el conflicto no tienen que ver con la guerra misma, sino con la instrumentalización que han hecho de ella al servicio de su propósito de erosionar al Gobierno y al PP. Terminada la guerra, se quedan sin palanca política para empujar a Aznar y los suyos. Sus proclamaciones a favor de las «vidas inocentes» eran lágrimas de cocodrilo. Si las vidas inocentes de los españoles aún no nacidos, sacrificados en decenas de miles de abortos cada año entre nosotros, no les importan, ¿por qué habrían de importarles las vidas de los iraquíes? Un colega me comentaba que ahora hay que esperar que el clima de crispación generado por la guerra de Irak amaine, y que el debate político vuelva a cauces más racionales. Discrepé de él. Hasta las elecciones generales de 2004 no amainará nada. La crispación de la guerra sucedió a la del «Prestige», y a la guerra le sucederá otro pretexto para mantener la atmósfera de crispación.

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