Diario de León
Publicado por
César Alonso de los Ríos
León

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La extrema brevedad de la guerra de Irak ha sido tan sorprendente que ni siquiera dio paso a la reflexión. Ni los que se opusieron a ella quieren volver sobre sus argumentos y predicciones para no reconocer el fracaso, ni siquiera desean ganar la batalla de la postguerra quienes apoyaron la intervención. Sin duda porque lo hicieron de forma vergonzante. La ausencia de análisis es, sin embargo, un fraude. ¿Acaso se pueden saldar con el silencio unos acontecimientos que llevaron la vida pública española al más alto nivel de crispación, de desestabilización institucional incluso, en estos últimos 25 años? Con esto no quiero decir que a la confrontación bélica debería sucederle esta otra de los espíritus y, aun menos, que se reprodujera a partir del debate un resultado de vencedores y vencidos. Lo que sí quiero señalar es que una guerra es un hecho tan traumático que no sólo afecta a las vidas, a la salud de las personas, a la organización de una sociedad e incluso al patrimonio cultural de la Humanidad sino que también marca las conciencias. La guerra, por tanto, no sólo exige la reconstrucción física y política del país -de Irak en este caso- si no la interiorización de esa experiencia por parte de todos los que la han vivido de un modo mucho más personal de lo que permitiría suponer la distancia. La reconstrucción material, económica y política de Irak ha sido concebida por los libertadores u ocupadores como una experiencia ejemplar para la zona. El desafío es este, al menos. Sin duda a muchos les parecerá arriesgado, pero ¿por qué tendría que ser imposible que en Irak y en otros países de Oriente Medio llegaran a imponerse los cánones democráticos? Esta, digo, es la apuesta. Frente a las soluciones de la guerra santa, frente al fundamentalismo religioso, frente al tribalismo y la negación de los derechos humanos, los países occidentales se han propuesto la tarea, casi revolucionaria, de reconvertir cultural y políticamente el mundo medio-oriental. De hecho se trata de una lucha de civilizaciones en una versión más decidida que la de Hungtinton. Alguno se preguntará que derecho tiene Estados Unidos a arrogarse esta función neocolonizadora o redentora. Es obvio: al hacerlo, se defiende. La guerra árabe-israelí no sólo desgarra a los dos pueblos sino que convierte a Oriente Medio en un polvorín y a los partidarios de Arafat en exportadores del terrorismo. La creación del Estado palestino, la neutralización del terrorismo islamista y la reconversión de Irak son aspectos de la misma guerra... por la paz. Por aquí debería ir ahora la reflexión. Eso haría que la posguerra fuera algo más que un sencillo ajuste de cuentas.

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