Héroes de papel
Se han reunido casi todos en el XXI Salón Internacional del Cómic de Barcelona y es probable que se encuentren a gusto, ya que cada uno era especialista en una clase de villanos y entre ellos no puede darse la rivalidad. Aquí están los inventores de los que desfacían entuertos modernos, siempre al servicio desinteresado del Bien, que en los dibujos siempre sale triunfante. Aquí está el padre de Spirit y el que ideó Spiderman, que no padecía de vértigo, y a «El increíble Hulk», que cuando alguien le llevaba la contraria no sólo se le hinchaba determinada parte de su organismo, sino todo. Dicen los expertos que el sector vive momentos esplendorosos gracias a los éxitos cinematográficos basados en personajes del cómic. Siempre ha sido así, no sólo porque siempre ha habido niños, sino porque siempre ha habido personas mayores que se han negado a abandonar el territorio azul de la infancia y aunque no tengan allí grandes propiedades conservan un pequeño apartamento con vistas. Para mí, todos los superhéroes del XXI Salón Internacional del Cómic son recientes. La verdad es que ya no tengo héroes, ni falta que me hacen, y mi único acto de heroísmo es resistirme a olvidarlos. El primero fue Flas Gordon, que ya no sé si llevaba una hache en su nombre, como Alzheimer. Derrotaba a los monos rojos, que tenían muy mala leche y estaban siempre cabreados como monos. Sin embargo, trabó amistades galácticas con los hombres-halcones. Después vinieron Doc Savage y La Sombra, que se reía de los gangsters por las bocacalles, y Pete Rice, que era una especie de Gary Cooper anterior a Gary Cooper. Confieso que nunca me interesaron Roberto Alcázar ni Pedrín, ni Juan Centella, que era como un guerrillero de Cristo Rey ateo, ni mucho menos El Guerrero del Antifaz, ya que los héroes deben dar siempre la cara. A Voltaire le gustaban poco los héroes porque decía que hacen mucho ruido. Yo deploro tenerlos caducados. Ya sólo me queda Superlópez. Y Mafalda, que ha llegado a ser la mujer de mi vida.