El frente de postguerra
El Emperador está muy satisfecho de cómo fue destruido Irak, con rapidez y con muy pocas bajas, pero está bastante descontento con su reconstrucción. Se demuestra que es más fácil no dejar piedra sobre piedra que poner ladrillos unos encima de otros. Los victoriosos invasores no pretenden que Bagdad quede como estaba, pero sí que se parezca algo a la que era antes, aunque sin palacios, sin museos, sin bibliotecas y sin muchos de sus habitantes. La postguerra continúa en todos sus frentes. La ciudad sigue a oscuras y según los corresponsales hay más saqueadores que nunca merodeando por las orillas sagradas del Tigris. ¿Cuántos ladrones habrá en Bagdad? Se ignora su cifra, pero se sabe que todos tienen empeño en llevarse algún recuerdo del tirano, aunque sea un trozo de tubería o un pedazo de marco de una puerta por donde pasó tanta gente genuflexa y cómplice. En algo se tienen que entretener, ya que casi un mes después del derrocamiento del sátrapa escasean los alimentos y la gasolina y si en los hospitales no hay listas de espera es porque lo que esperan todos es pasar a mejor vida. En vista de eso, la Administración de George W. Bush ha hecho regresar a Jay Garner, el viejo general encargado de la reconstrucción. El hombre ha demostrado en un tiempo record una total ineptitud y muchos ciudadanos americanos empiezan a preguntarse si sus generales son tan brutos porque los eligen entre los coroneles o es que están mucho mejor dotados para arrasar que para administrar. Le va a sustituir Paul Bremer, un diplomático al que se le ha borrado la sonrisa corporativa y no es probable que la recupere hasta que no se borren las huellas de la catástrofe. Un poeta inglés contemporáneo observó que después de la guerra «no son las casas, es el espacio entre ellas, y no son las calles las que existen, sino las calles que ya no existen». ¿Quién ganará la postguerra de Irak? Hasta ahora la están perdiendo los vencedores.