Diario de León
Publicado por
Manuel Alcántara
León

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El presidente Bush se ha hecho querer por su nación a base de bombardear otras. Tiene una popularidad del 65 por ciento, la más alta que alcanzó nunca, y parece que a los norteamericanos no les importa que haya más paro, ni que disminuyan las libertades públicas, ni que el dólar les cunda menos. Incluso le perdonan que Bin Laden y Husein se le hayan escapado vivos o muertos. El público adora a los vencedores, aunque sus triunfos se hayan producido ante ejércitos destartalados. En vista de eso, el Emperador ha formalizado su candidatura para seguir siéndolo. Tiene vocación de reincidente. Mientras continúen los atentados, como el de Casablanca, la «guerra contra el terror» será un manantial de votos. ¿Quién puede ser partidario de saltar por el aire mientras pasea o de que le hagan añicos mientras hace la digestión? El terrorismo organizado, con su consiguiente recluta de kamikazes, es el fenómeno más grave de nuestra época. Se acabaron los anarquistas que iban por el monte solos. Ahora los que se disponen a morir matando forman sociedades anónimas. Les convencen de que el más allá está al cabo de la calle y de que para adquirir una entrada al paraíso basta con ponerse un cinturón de explosivos. Se venden por un precio que también resulta muy ajustado. George Bush se ha convertido en el hombre del año y quiere seguir siéndolo a partir del 2004. Se retrata con uniforme de piloto de combate, pero todavía queda la esperanza de que aterrice y se de cuenta de que mientras persista la inicua situación de Palestina no habrá nada que hacer. Dijo Kipling que Oriente y Occidente no se entenderían nunca. Son dos mundos, pero debiéramos mirar el atlas y ver que pertenecen a éste. Mientras Bush se perpetuaba al pie del monte Rushmore, junto a los perfiles roqueños de sus predecesores, un imán chií advertía en Bagdad que el Islam permite matar pecadores y amenazaba a los vendedores de alcohol y a los que van al cine.

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