Diario de León
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ANTONIO PAPELL
León

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AUNQUE los resultados han sido mucho más modestos que lo previsto, es justo reconocer que el ex presidente francés Giscard d'Estaing ha tenido éxito en la difícil tarea que se le había encomendado. A falta de algunos forcejeos finales, la Convención creada para preparar el texto de una Constitución Europea cuenta ya con el suficiente consenso como para que sea razonable pensar que llegará a buen puerto. Con todo, quienes alentábamos la esperanza de que se produjeran avances decisivos en el sentido de la integración federal hemos de lamentar que no haya sido posible ir más allá en la configuración de una Europa que avanza a pasos demasiado lentos. Como era de suponer, los asuntos ideológicos han cedido en la Comisión ante la más espinosa cuestión del reparto del poder en una Europa que en breve tendrá veinticinco miembros. La disputa más seria ha sido planteada por España, que ha defendido correctamente sus intereses de la mano de un joven y brillante diplomático, Alfonso Dastis, calificado de bestia negra de Giscard por Le Monde en una entrevista que este rotativo le realizó el pasado día 5 de junio. Dastis ha defendido con uñas y dientes, y con éxito -siquiera provisionalmente- el sistema consagrado en Niza en diciembre del 2000, que beneficiaba claramente a España y a Polonia. Como es conocido, tras complejas y arduas negociaciones que estuvieron a punto de romperse varias veces, se matizó entonces el peso demográfico de los países en el Consejo Europeo con gran ventaja para las potencias medias de la UE: sobre un total de 345 votos, los países grandes, con más se sesenta millones de habitantes -Alemania, Reino Unido, Francia e Italia- cuentan con 29 votos, en tanto España y Polonia tienen 27; dado el incremento de los asuntos que se resuelven por mayoría relativa, y conforme a aquel reparto, nuestro país posee una posibilidad de bloqueo comparable a la de los grandes. Con todo, el éxito es provisional y pasajero, y la ministra Palacio aguó el viernes en Bruselas la ceremonia de cierre de la Convención recordando que nuestro país no abdica de sus pretensiones. Porque, de hecho, la Convención acepta a corto plazo las tesis españolas pero por un limitado período de tiempo, pasado el cual se hará real la hegemonía de Alemania y regirá el peso inexorable de la demografía. La fórmula del Tratado de Niza tendrá validez hasta el 2009, con una posible prórroga hasta el 2011, pero a partir de ese momento la proporcionalidad demográfica se impondrá en las instituciones, con lo que el peso de la primera potencia comunitaria, con sus 82 millones de habitantes, será finalmente reconocido. Las decisiones en materias en que no exista posibilidad de veto se adoptarán cuando las apruebe la mayoría absoluta de los países miembros que representen al menos el 60 por 100 de la población europea. Y, además, nuestro país perderá con la ampliación una parte de su representación: pasa de tener 74 diputados en el Parlamento Europeo a sólo 50. Lo más significativo de la nueva Constitución es que, aunque un conjunto de materias -36- pasarán a ser decididas por mayoría, seguirán quedando a merced del derecho de veto de los países otras muy relevantes, como la defensa y la fiscalidad. Otras innovaciones notables son la inclusión en la Constitución de la figura de un presidente de Europa -exigida por los países grandes, incluida España, contra la voluntad de los pequeños-, y de un ministro europeo de Asuntos Exteriores, que reemplaza al actual Mr. Pesc; la inclusión de u na Cláusula de Solidaridad sugerida por España por la que el terrorismo pasará a ser un asunto de la política exterior común; el relevante papel colegislador del Parlamento en las cuestiones no sometidas a veto; la mención de las regiones, aunque en muy segundo plano (se reconoce y se mantiene sin em bargo el Comité de las Regiones), etcétera. El eje franco alemán, por su parte, ha conseguido que se reconozcan las cooperaciones reforzadas que harán posible ciertos avances de integración parciales, una amenaza para la cohesión y la homogeneidad de la Unión Europea. La Constitución debe atravesar todavía la prueba de fuego de una Conferencia Intergubernamental que comienza en octubre, tras la cual los veinticinco países miembros deberán aprobar el texto por unanimidad. Parece ya muy probable, en fin, que, a pesar de las resistencias planteadas en aspectos concretos por algunos países, la Unión adopte una Carta Magna que dará visibilidad al ente supranacional y que lo dotará, además, de personalidad jurídica. El hecho mismo de que así sea supone sin duda un paso trascendental en la construcción de Europa, aunque los europeístas pensemos que tras el mirífico trueno de la Convención, la montaña no ha parido más que un ratoncillo. Bien es verdad que la coyuntura en que Giscard ha debido desenvolverse no podía ser más adversa, puesto que la Convención ha coincidido con la crisis de Irak. Y, pese a ello, se han dado pasos significativos en la integración. Lógicamente, España diluye su protagonismo a medida que la Unión se agranda, pero esto no es una tragedia. La realidad es la que es, las posibilidades que nos brinda la Unión Europea son cada vez mayores y el principal designio que se desprende de la aventura que nos aguarda es la construcción de un ámbito grandioso y magnánimo en el que los particularismos disolventes, nuestro cáncer occidental hoy día, tengan que confrontarse con su propia ridiculez. 1397124194

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