Diario de León
Fernando Jáuregui

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ENREDADOS en la confusión y el ridículo suscitado por los dos fuguistas, que lo primero que han puesto en evidencia es lo inadecuado de la legislación electoral que padecemos los españoles, los dirigentes del PSOE han desbarrado bastante. Ahora, la sensación es la de que Zapatero controla difícilmente su partido, y que no sabe bien qué hacer más allá de confiar en que el cielo devuelva los escaños de los fuguistas en Madrid para que, con los votos de IU, pueda finalmente gobernar Simancas. No está el líder del PSOE en su mejor momento como para afrontar con calma el debate sobre el estado de la nación, precipitadamente convocado para el último día de junio por un Gobierno que hasta poco antes del escándalo pensaba aplazarlo hasta la segunda quincena de julio. Claro que el PSOE no quiere la repetición de elecciones en Madrid: sabe que las perdería, y al propio secretario de Organización, José Blanco se le ha escapado alguna indicación en este sentido. Tuve ocasión de preguntar a Blanco por qué no renuncia el PSOE a la pretensión de que Simancas presida Madrid, cuando parece casi seguro que el candidato socialista ha perdido ya toda opción: una cesión elegante a Esperanza Aguirre sería, acaso, la mejor salida posible para los socialistas, evitando de paso la repetición de elecciones en Madrid. Blanco me respondió con una confusa parrafada, que insistía en la victoria del PSOE (más IU, claro) y en la necesidad de no dar un paso atrás ni ceder derecho alguno. El empecinamiento hará daño no sólo a Simancas, que denuncia las prisas del PP por asumir el gobierno de la Comunidad de Madrid, sino a Blanco y Zapatero, a quienes los malhadados Tamayo y Sáez, los fuguistas corrompidos, se consideraban más próximos que a los guerristas de Simancas. En este contexto, ¿qué dirá Zapatero a sus barones regionales y a los dirigentes de la ejecutiva federal, tan apresuradamente convocados? Toda suerte de rumores circula por los pasillos socialistas, incluyendo la posibilidad de que Zapatero comience a estudiar la celebración de un congreso extraordinario, que reestructure algunos de sus colaboradores y sirva para cerrar filas a las «insidias lanzadas desde el PP y sus terminales mediáticas» acerca de las divisiones entre los socialistas. Puede que un congreso, que sería de aclamación al Rodríguez Zapatero candidato a La Moncloa dentro de nueve meses, sea una buena idea. Siempre y cuando todos los inquietos sectores del socialismo contribuyan a ese necesario cierre de filas, claro.

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