Diario de León
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FEDERICO ABASCAL
León

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LA SINTONÍA entre el fiscal general del Estado, Jesús Cardenal, y el fiscal Jefe Anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo, venía siendo imperceptible, a la luz de sus desencuentros profesionales con trasfondo político. Ese desencuentro solía producirse además entre el señor Cardenal y la Unión Progresista de Fiscales, en cuyas declaraciones se ha denunciado frecuentemente un supuesto menosprecio del fiscal general a la independencia, condicionada por cierta dependencia jerárquica, del colectivo de fiscales. El escándalo en la Asamblea de Madrid por la defección de dos diputados socialistas, con el afloramiento de indicios de corrupción en el sector urbanístico e inmobiliario, enfrenta ahora la pasividad de Cardenal con el afán investigador de Jiménez Villarejo. El asunto parece grave, y no tanto por la tradicional influencia del poder político en la Fiscalía General como por presunta sumisión del fiscal general a los interés del poder. De esa lamentable sumisión hay ejemplos abundantes en la breve historia de nuestra democracia, pero posiblemente Cardenal la llevado a un límite inquietante. Lo cual no es bueno ni para la calidad democrática ni siquiera para sus mínimos aceptables. En ocasiones, las apariencias engañan, y de ahí que la imagen de un fiscal general intentando apagar el fuego de un escándalo que podría dañar a un partido y la de otro ansioso de investigar cierta podredumbre, para aclararla, puedan verse difuminadas por la interpretación de la legislación aplicable, que suele admitir notables discrepancias. Contrasta, sin embargo, la súbita intervención de Cardenal contra la plataforma «Nunca Mais», emocionalmente improvisada contra la catástrofe del «Prestige» y la inicial actitud de las autoridades, estatales y gallegas, con su pasividad ante el escándalo en la Asamblea de Madrid y sus presumibles derivaciones hacia una trama inmobiliaria que habría intentado modificar el resultado de las elecciones autonómicas del pasado 25 de mayo. Sea como sea, la tensión entre Cardenal y los fiscales progresistas aumenta día a día, y el silencio de aquel se hace casi sonoro ante la locuacidad de Jiménez Villarejo, quien se declara maniatado por su máximo jefe. Y como el problema de la Asamblea de Madrid es de origen esencialmente político, por muchas consecuencias penales que de él pudieran derivarse, en el inminente debate sobre el Estado de la Nación va a convertirse a Cardenal en objeto de confrontación política.

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