Diario de León
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ANTONIO PAPELL
León

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A NUEVE meses de las elecciones generales de marzo, los dos grandes partidos se disponen a realizar trascendentales procesos internos encaminados a ponerlos en suerte ante los electores en las mejores condiciones posibles. En el día de hoy, parece que el PP parte con ventaja en esta carrera, pero no hay dejarse confundir por espejismos: como recordaba el miércoles Ruiz-Gallardón en una entrevista televisada, ni era cierto que el PSOE tuviera ganadas las elecciones en el fragor de la guerra de Irak, ni lo es ahora que el PP vaya a arrasar con seguridad cuando el PSOE, afectado por el escándalo de Madrid y por otras expectativas frustradas, está en sus horas más bajas. Los procesos respectivos son conocidos: el PP ha de afrontar la sucesión de Aznar, dada la retirada voluntaria de éste; el PSOE tiene que enderezar enérgicamente el rumbo, dado el tremendo desliz cometido en Madrid que ha sacado clamorosamente a la luz una evidencia que ya se sospechaba: ni se ha conseguido recomponer y depurar el partido internamente, ni están a su frente cuadros idóneos, capaces de controlar el aparato a la vez que inspirar confianza al electorado. El PP ya decidió en su anterior congreso, celebrado con gran alarde en uno de los momentos más dulces de su etapa de poder -en enero del 2002, en el que se oficializó la decisión irreversible de la retirada del Aznar, el procedimiento de designación del sucesor, que correrá a cargo del comité directivo, máximo órgano entre congresos. Pero, si no se produce alguna sorpresa de última hora, Aznar seguirá siendo presidente del partido hasta el siguiente congreso, en enero del 2005, por lo que teóricamente se producirá una situación de bicefalia, que Aznar ha descartado sin embargo sin explicar cómo hará para impedirla. Conviene recordar que cuando Aznar fue designado candidato a La Moncloa en septiembre de 1989, Fraga siguió siendo presidente hasta el siguiente congreso, en la primavera del 90, si bien ya había delegado sus poderes en Aznar. Quizá ahora se haga otro tanto, pero, por la envergadura del evento sucesorio y para evitar cualquier apariencia de bicefalia (que será inevitable, dado el peso personal de Aznar), se entiende mal que el PP no resuelva la sucesión mediante un congreso extraordinario que entronice a la vez al sucesor y al presidente del partido, que acabarán coincidiendo en la misma persona según ha reiterado el todavía presidente del Gobierno. Más necesario parecería un congreso extraordinario en el Partido Socialista antes de las elecciones del 2004, aunque sin embargo parece haber sido ya descartado por la dirección. Si se respetara el plazo exacto de tres años previsto estatutariamente (y que medió con precisión matemática entre el 34 y el 35 congresos), debería celebrarse en estos días, si bien los Estatutos conceden un margen amplio -debe celebrarse «entre el tercer y el cuarto año desde la celebración del congreso anterior»-, y todo indica que se realizara tras las elecciones generales. Se argumenta que no sería razonable que fuese una Ejecutiva bisoña la encargada de preparar tales elecciones. Este último argumento es ambiguo y pobre porque una de las críticas más fundadas que se le hacen al actual PSOE es la debilidad del equipo de dirección, falto de personalidades relevantes. La incorporación a la Ejecutiva de «pesos pesados» de la anterior generación y de la actual podría conceder a la formación política una credibilidad mucho mayor que la que actualmente posee. Los socialistas se han ocupado de filtrar que, si llegan a formar gobierno, buena parte de la actual Ejecutiva permanecerá fuera del Gobierno y se mantendrá al frente del partido. No se entendería de otro modo, pero ello no es lo habitual: buena parte del equipo de González accedió al Gobierno en 1982 -empezando por el vicepresidente Guerra-, y algo semejante hizo José María Aznar en el año 1996.

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