EN BLANCO
Cocinillas
NO ES que las encuestas sean precisamente una ciencia exacta, y hasta hay quien dice que Moisés nunca hubiera ido demasiado lejos si se hubiera fiado de uno de estos muestrarios de opinión. La gente miente y oculta información al entrevistador, provocando un desbarajuste mediático que se repite una y otra vez al cerrarse los colegios en cada convocatoria electoral. Pero en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, el Instituto Omega 3 parece haber dado en el clavo al concluir tras su encuesta que tan sólo el 5% de los hombres castellano-leoneses se hacen cargo de la cocina en la comunidad. El asunto del condumio siempre ha sido cosa de mujeres, una evidencia que todos los aires de cambio y progreso no han conseguido hacer tambalear. Sea por vicios de educación o causa de un ejercicio de puro voluntarismo derivado de la vieja escuela en que nos criaron, lo cierto es que el asunto de los pucheros sigue siendo gestionado por el elemento femenino del hogar. Sin embargo, cada vez prolifera en mayor medida ese hombre mañoso en la cocina, el cocinillas, que viene a sustituir al cuñado-manitas que lo mismo te servía para un roto que para un descosido. El problema surge cuando el Arguiñano de turno utilizada la cocina como campo de experimento para sus fantasías culinarias, practicando esa gastronomía de diseño que parece pensada para alimentar a los mormones. ¿Y qué me dicen cuando el cocinero-cataplasma, reglamentariamente equipado con delantal y espumadera, se dedica al puro experimento? El resultado suelen ser esas delicias presentadas con aspecto de autopsia y que encontrarían su lugar natural en el bidé. Así que, adelante con el reparto de tareas domésticas, pero mucho cuidado con el cocinillas familiar.