Diario de León
Publicado por
JAVIER MONJAS
León

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YA HABRÁN oído algo sobre esos dos necios valencianos que pasarán un mes en una cárcel danesa por pintarrajear su firma en un tren. Vaya por delante mi admiración por tales países, tan implacables en la defensa de las libertades como en el castigo, no ya de los delincuentes, sino de los imbéciles. Los dos majaderos no son dos niños, qué va. Tienen 26 y 28 años, respectivamente, las criaturas. Niñatos de «papá-la-paga» y «mamá-la-cena», con posibles para escuchar un concierto en Dinamarca, y que, con su estúpida firma pringada por media Europa, culminan su idiota representación cultural y humana. Lo de la representación cultural y humana no es cosa mía, Dios me libre. Son esas patéticas sentencias de la progresía más mema que considera un acto de rebeldía lo que no es más que una demostración más de la obtusa puerilidad a la que han llevado sus ridículas teorías en las que todo se justifica menos la autodisciplina y la autoexigencia. Personalmente considero que los chicos nacen cada vez más inteligentes, como también son cada vez más altos. Pero al poco de nacer sus mentes son abortadas por unos padres incapaces de ganar el control sobre sus propios hijos y después por unos profesores o lo que sean que basan lo que autodenominan como acción pedagógica en vergonzantes lugares comunes de mediocridad y casposas nociones de libertad que terminan en porro generalizado y meada corrosiva por las ciudades tras la litrona. El graffitti nace oficialmente en Nueva York, cuando el contraculturaloide New York Times convierte en héroe en 1971 a un tal Demetrius, de 17 años, y a su firma por toda la ciudad, Taki 183. A ese artículo siguieron otros en los más sesudos medios, exposiciones en el Soho, etcétera, esas cosas. Conozco los barrios negros e hispanos más duros de Nueva York y en ninguno se produce el embadurnamiento generalizado que nuestros niñatos hacen llegar no sólo a los centros de las ciudades sino a los más venerables y sagrados de sus monumentos. Como en el caso del movimiento okupa, hoy convertido en un calimotoso sarcasmo para desgracia de los vecinos alienados que quisieran dormir como burgueses para pagar los impuestos con que curar los achaques de droga y alcohol de nuestros liberadores sociales, lo de los graffitties degeneró en millones de los niñatos de la abundancia lanzados a enmierdar las paredes de la tolerancia en que nacieron. A mí me sugiere muy pocas palabras -tres exactamente- lo de la cárcel para los dos majaderos del tren danés: que se jodan. La mayoría reventada a trabajar no tiene por qué pagar las estúpidas niñerías de niñatos. Y eso se lo enseñarán en un país que nos da cien mil vueltas en el respeto de unos por los otros. Nunca se atreverían aquí a tal cosa. No sea que protesten las Juventudes Maoístas de Borneo junto con los inevitables torpedos de Izquierda Unida.

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