Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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NO, NO ME REFIERO a aquella canción de Soledad un tanto petarda y nacida de la genialidad del cantautor Emilio José, que en la gloria discográfica esté. Hablo esta vez del sentimiento de amargura y desamparo que invade a muchos de nuestros ancianos, convertidos en aves con las alas rotas que esperan a solas la hora de la despedida final. Dicen que el signo más cierto de la vejez es el sentimiento de soledad, auténtico toque de atención por parte del reloj biológico que todos llevamos dentro. Y en este sentido, la dejación de responsabilidades que mostramos hacia nuestros mayores ha sido llevada hasta sus más obscenos extremos por parte de esta insolidaria sociedad, transformada en un circo repelente. La arrabalera España del tercer milenio, ignorante y caracterizada por esas torpes ínfulas del nuevo rico al que se le ve el cobre en cuanto abre la boca, considera a los viejos como bultos molestos a los que se desperdiga, por pisos y asilos, igual que al ejército de Pancho Villa. Según los datos recabados por distintas ONGs y otras organizaciones de ayuda, más de 800.000 ancianos españoles confiesan vivir solos obligados por las circunstancias., situación que provoca la aparición casi diaria de abuelos que mueren a solas en sus domicilios, sin haber recibido asistencia médica alguna. Rotos los vínculos sociales y emocionales con la familia, sobreviven malamente igual que Robinsones, abandonados a su suerte e intentando colorear las imágenes de toda una vida. Nuestras torpes miserias han suplantado los sentimientos por objetos, despreciando como algo inútil a ese colectivo de ancianos a los que antes se reverenciaba más que a los pelos de la barba de Mahoma y que ahora, sin embargo, mantenemos aislados y en la terrible situación de ¡sálvese quien pueda!

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