EN BLANCO
Rosa de Arabia
DIANA KARAZÓN, una joven jordana de 19 años, idéntica a nuestra Rosa de España, ganó el otro día la versión libanesa de Operación triunfo , un concurso que movilizó a 11.000 aspirantes de los países árabes: Argelia, Egipto, Siria, Palestina, Líbano, Jordania, los Emiratos... Pero no sólo movilizó a 11.000 jóvenes ávidos de fama, o simplemente ávidos de hallar una fuente de ingresos para la superviviencia, sino a los muchísimos millones de espectadores de esos países que siguieron durante veinte semanas el programa y que votaron por teléfono e Internet. Lo de Diana Karazón/Rosa de Arabia, cuyo éxito en la final fue celebrado en las calles jordanas con manifestaciones jubilares y fuegos de artificio, trasciende el fenómeno musical, e incluso el sociológico que constituyó en España OT, para inscribirse en la superior esfera del fenómeno político: ha desvelado el ansia de participación y de reconocimiento de las sociedades árabes, estranguladas en gran mayoría por regímenes autoritarios, cerrados o semifeudales. Por una vez, bien que por algo irrelevante, alguien pedía la opinión y el voto de la mayoría, y por una vez esa voluntad expresada mediante el voto cristalizaba en el triunfo de la mayoritaria y limpiamente elegido. No en vano, los integristas jordanos, que pese a no ser tan integristas como los de otras partes no por ello dejan de serlo, han protestado indignados, calificando el suceso de «fenómeno peligroso». Para ellos, sin duda, como también para los estados partidarios de conservar silente y sumisa a la masa de ciudadanos. Superstar , la versión árabe de OT , ha devenido sin pretenderlo en test revelador de esa necesidad profunda, la de la democracia real, cuya satisfacción se niega como a ningún otro al mundo árabe. Olé, Rosa de Arabia.