BURRO AMENAZADO
Codornices
ABRAHAM, en la huída del pueblo de Israel para no sucumbir masacrado por el ejército del Faraón, dispuesto a cortar el cuello a unos esclavos que osaron decir que su Dios era único, y que nunca adorarían ni a los ídolos de templos -Osiris, Anubis, y otros- y menos al despótico Rey de Reyes, las pasó canutas al cruzar en primavera el yermo Sinaí. Mujeres, niños , hombres y borricos, con lo puesto, unos harapos, sin comida, estaban a punto de reventar. Los caballos y guerreros de Ramsés, ni se preocuparon en encorrerlos: quien entra en el desierto sin víveres, muere cual lagartija achicharrada, y su esqueleto se lo comen los buitres, eso si antes las garras de leopardos y leones, o los dientes de las hienas, no se han comido a unos parias. Abraham, el judío revolucionario en su tiempo, equivalente a Sadam Huseín, el iraquí malvado e islámico integrista que se enfrenta al hoy Faraón Bush, luterano y capitalista radical, pidió ayuda alimenticia a Jehová. Cayeron sobre los hambrientos miles de aves, agotadas y gordas, tan tontas que se cogían a mano. El pretendido milagro fue una vulgar «lluvia de codornices». Desde los campos del Nilo, millares de estas gallináceas enanas, migradoras nocturnas, volaban para criar en los prados verdes de Rusia y los centenos de Anatolia. La bola de grasa y plumas, de ala larga y estrecha, en una noche, guiada por la luz de las estrellas y su propio instinto, a velocidad de crucero de cuarenta a setenta kilómetros por hora, viaja incansable ara cumplir el rito vital de reproducción. ¿Por qué , sortudamente, cayeron donde la tribu elegida? A causa de una tormenta nocturna, que las obligó, desorientadas y mojadas, a aterrizar entre piedras, arena y matojos de esparto, preludio de la barbacoa mañanera de aquellos pordioseros. Agricultra intensiva y ambición desmesurada de pegarles tiros en la media veda, han rarificado enormemente las codornices. Seamos moderados con la escopeta y nunca carniceros.