Diario de León
Publicado por
FERNANDO DE ARVIZU
León

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LLEVAMOS ya casi un año a vueltas con el pomposamente denominado plan Ibarreche, cuando ahora Pascual Maragall, candidato socialista a la Generalitat de Cataluña, se ha despachado con otro plan que quiere dejar chiquito al del vasco. Para empezar, el plan Ibarreche no es tal. Ibarreche lo presenta, lo comenta y lo sustenta, pero en realidad es el plan Arzallus. Cualquiera que conozca un poco la monolítica organización del PNV, sabe que los dirigentes del partido (Arzallus) no pueden ocupar cargos públicos y se dedican sólo a mandar a éstos. Además, del presidente del gobierno vasco al último militante, tienen obligación de obedecer las órdenes directas del presidente del partido nacionalista. Por lo tanto, ahí Ibarreche colabora, a lo sumo, y ciertamente obedece. Obedece, ¿a qué? A una estrategia rupturista con España, que siempre ha estado en la raíz misma del sentimiento nacionalista vasco. Aunque contemporice cuando le conviene, en los momentos importantes marca siempre sus distancias. Baste recordar que el PNV participó en la redacción de la Constitución, pero ordenó a sus militantes abstenerse en el referéndum que la sancionó. Ahora pretende situarse fuera de ella, agrupando los actuales territorios vascongados más Navarra, que siempre se ha negado a la anexión. Y, por si fuera poco, quiere añadir los territorios del país vascofrancés, sin que nadie haya pedido a sus habitantes su opinión sobre tal plan. Esta es la actual táctica del PNV: hablar del plan Ibarreche, aunque sabe perfectamente que tiene a la mitad de la población en contra, lo cual dificulta, incluso a nivel territorial vasco, su aprobación. De ahí que el diálogo con ellos, preconizado por los socialistas, sólo vaya en beneficio de los nacionalistas vascos, y no reporte beneficio alguno a los que no lo son, ni allí ni en el resto de España. Pues bien, del lado catalán, Pascual Maragall ha remedado el plan Arzallus, pero añadiendo varios ingredientes que le dan un tinte singular. El primero, la resurrección de un ente de tanta historia como es la Corona de Aragón. Maragall debiera evitar utilizar precedentes históricos que inevitablemente se vuelven en su contra. El concepto de «corona» no expresa sino la unión de reinos bajo un rey común, manteniendo cada uno su propia personalidad e instituciones. Desde la Baja Edad Media, la Corona de Aragón comprendía el reino del que recibe este nombre -su núcleo-, el Principado de Cataluña (el heredero de la Corona usaba el título de Príncipe de Gerona), y los reinos de Valencia y de Mallorca. Pues Maragall prescinde de estos dos últimos, con lo que ya no hay Corona de Aragón. Pretende que Cataluña tenga la hegemonía política en el nuevo ente (lo cual es antihistórico), y además, propone la integración de dos regiones francesas: Midi-Pyrenées y Languedoc-Roussillon. Nada menos. Es decir, una extensión de tierra gala que se extiende desde Tarbes y comprende como principales ciudades a Toulouse, Carcasona, Narbona, Nîmes y Montpellier, hasta llegar a la Provenza (por lo visto, esto a Maragall ya le parecería demasiado) Con una extensión de 400 kilómetros y con una profundidad media de 150 kilómetros hacia el norte de Francia: más que toda Cataluña. Aparte de que los habitantes de ambas regiones no van a sintonizar con las pretensiones anexionistas de Maragall, creo que las instituciones políticas francesas no sólo no secundarán la iniciativa, sino que ni siquiera considerarán el valorarla. El segundo ingrediente notable del plan Maragall, en el que mete en danza a Zapatero -maestro del claroscuro político-, es el federalismo, concepto de mala tradición en nuestra historia reciente. Veamos. Un Estado federal se constituye porque unos territorios inicialmente soberanos renuncian a parte de su soberanía para cederla a un Estado central, es decir, se federan entre sí. Téngase presente el ejemplo norteamericano. Pues bien, Maragall entiende el federalismo a la inversa: por vía de disgregación. Actualmente, el modelo constitucional es un Estado de las autonomías, no un Estado federal. El modelo constitucional arrancó de un Estado unitario para llegar al de las autonomías por vía de la descentralización y del autogobierno: es decir, el proceso inverso a lo que es el federalismo en la ciencia política. En España hubo una experiencia federal en la primera República, que incluso se llegó a plasmar en un proyecto de Constitución que no pasó de tal. Un político catalán, Pi i Margall (Margall-Maragall, parece casi lo mismo) fue el autor del engendro. Incluso llegó a presidente de la República, y no pudo con el cantonalismo, donde Jaén casi declara la guerra a Granada, y donde Cartagena, al mando del huertano Antoñete Gálvez y de Roque Bárcia, tuvo bandera y escuadra. La experiencia federal, en España, fue una experiencia bufa y acabó con la primera República, de quien se dijo que «entre todos la mataron y ella sola se murió». Los estudiosos de Cataluña suelen decir que en sus gentes se dan al mismo tiempo la «rauxa» (arrebato) y el «seny» (juicio). Rauxa de Ventura Gassols y seny de Francesc Cambó, por poner un ejemplo. Pues Maragall no parece adscribirse a uno ni a otra: su plan está fuera de la realidad, es pura paranoia política. Lo malo es que Zapatero no quiere desautorizarlo y Maragall se tira a tumba abierta por la pendiente en busca del voto incierto del nacionalismo «rauxat», hoy abanderado por la ultraizquierda. No es esto propio de un político responsable, que aspira a gobernar una comunidad de tanta entidad como Cataluña. Menos aún se justifican los paños calientes o los silencios culpables de quien aspira a gobernar España. Pronto, bien pronto, veremos la entidad de tales «experiments».

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