Diario de León
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GERARDO BOTO
León

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POR ÚLTIMA VEZ como presidente del Gobierno, José María Aznar López regresó a Santo Domingo de Silos. La tenaz fidelidad demostrada desde 1988 para con el monasterio burgalés no conoce parangón; si acaso el de las proverbiales partidas de dominó trabadas en Quintanilla de Onésimo, o de Abajo. Los aficionados a esas garrafinas dicen con sorna jugarlas a vida o muerte. De esto precisamente, de la necesidad de vivir sin perder de vista la trascendencia, supongo que platican con espíritu reposado Aznar y la comunidad benedictina entre las cuatro paredes del refectorio abacial. De Silos Aznar se lleva cada año un puñado de experiencias, una cierta paz de espíritu, la bendición abacial, algún que otro consejo y acaso más de un ruego. Pero la cuestión es ¿por qué va a Silos precisamente? ¿Qué reconoce en esta abadía antes que en otros lugares? Convendrán ustedes que en un estadista las casualidades o las arbitrariedades pueden tener lugar en una ocasión, pero no en quince. Santo Domingo de Silos es uno de los grandes monasterios benedictinos de la meseta. Como sus homólogos (San Zoilo de Carrión de los Condes, San Isidoro de Dueñas, San Salvador de Oña, San Pedro de Arlanza, San Pedro de Cardeña, San Pedro de Gumiel de Izán o San Benito de Sahagún), alcanzó su mayor relevancia histórica y económica durante los siglos XI y XII, aunque existe como establecimiento monástico desde el X. Y como en los casos de Oña, Cardeña y Arlanza, sus orígenes están teñidos de leyenda, con la providencial presencia del conde Fernán González en calidad de fundador y tutor; ese conde insurgente, verdadero padre de la patria, liberador de Castilla del yugo de los ismaelitas tanto como de la opresión de la monarquía leonesa. Lo que de falso tiene aquella documentación que reivindicaba tan linajuda génesis ya ha sido desbrozado hace algunas décadas. Con anterioridad, desde fines del XIX, Silos estaba bendecido por la historiografía como uno de los hogares en los que se fraguó la época heroica de Castilla. Una determinada concepción histórica se afanó durante décadas en presentar a Castilla como eje vertebral y gravitatorio de España. Y de ese solar primigenio, Burgos poseía el timbre capital, caput Castilliae . En esa tesitura, adivinarán ustedes que ante las ruinas de Arlanza, la desvirtuada casa de Oña, el monasterio de Cardeña henchido por el espíritu del Cid o el claustro de Silos muchos estudiosos y académicos acabaran adoptando una actitud reverencial. La emoción que exudan las páginas de una férula de autores, desde el siglo XIX hasta la segunda mitad del XX, no es la de Gerardo Diego ante el ciprés silense. Fueron muchos los manifestaron su certeza de encontrarse en la matriz de una identidad nacional, política al tiempo que religiosa. De esos rescoldos del pasado sólo el de Silos poseía el privilegio de seguir contando con miembros de la misma orden monástica que magnificó la casa desde sus inicios. Sólo Silos, en virtud de la restitución de la vida reglar por la llegada de un grupo de monje de Ligugé, allá en 1886, seguía fiel a sus principios. Oña, abandonado por los jesuitas tras su expulsión y convertido después en una institución de acogida para enfermos mentales; Arlanza, sumido en el naufragio histórico que le redujo a unas ruinas espectrales; Cardeña, durante tiempo sin rectores religiosos y repoblado sólo a mediados del siglo XX por cistercienses -pero no por benedictinos- llegados desde San Isidoro de Dueñas; Gumiel, arrasado hasta la raíces de la memoria; San Zoilo de Carrión, hoy hotel, ve reverdecer su iglesia; y del monasterio de Sahagún todo lo más que puede afirmarse es que si conoce algún reverdecimiento debe ser el que reflejan los uniformes de la benemérita acuartelada entre su paramento. Así pues, sólo en Silos cabría percibir las pulsiones históricas de lo que fue aquel momento glorioso de la génesis de una nación. Sin proponérselo, el monasterio de Santo Domingo experimentó una magnificación literaria y, ante el naufragio de los demás, acabó convertido en la única Covadonga de la meseta que no había sucumbido a la destrucción de los siglos. Pero Silos tiene todavía otro excepcional argumento a su favor. Durante el medievo toda catedral o abadía que pretendiera orquestar la afluencia de visitantes de todo orden y condición, propiciar los óbolos de campesinos o de reyes e incrementar su prestigio espiritual necesitaba imperiosamente disponer de un cuerpo santo. Si la iglesia se encontraba en una vía principal, conocería la piadosa generosidad de peregrinos internacionales, como Santo Domingo de la Calzada o Santiago; si distaba de los caminos principales, la peregrinación asumiría un carácter local o regional, como San Millán de la Cogolla. En Silos su abad, Domingo Manso, moría en 1073 en olor de santidad. Tres años después fue canonizado y enterrado en la iglesia que, a no tardar, asumió una nueva advocación: en vez de San Sebastián pasó a llamarse Santo Domingo. Ya tenían cuerpo santo, así que se procedió a redactar una hagiografía que recogiera todos los milagros de Domingo, especializado en liberación de cautivos y exorcismos. Esos méritos se predicaban también en el programa iconográfico de la portada del templo románico. Los monjes de Arlanza, Cardeña y Oña, en abierta competencia, intentaron sin éxito que el Papa ratificara como santos al mejor de sus respectivos abades. No hubo caso; lo de San Íñigo de Oña es asunto tardío, amén de que su devoción nunca desbordó la comarca de la Bureba. La de Santo Domingo medraba imparable, con decidido impulso durante el reinado de Alfonso VI. Y no por casualidad: el cuerpo de Santo Domingo se consideró, en buena medida, una compensación al inestable papel jugado desde siglos atrás por el santuario riojano de la Cogolla, siempre expuesto a la expansión militar del reino de Navarra. La corona necesitaba disponer en el solar de Castilla de un santo específico -un siglo después contará además con Santo Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega-, como en León lo tenía en San Isidoro y en el conjunto del reino en Santiago. Silos custodiaba la memoria de un santo, del primer santo castellano. Cardeña y Arlanza magnificaron entonces el recuerdo de los héroes, Rodrigo Díaz de Vivar y Fernán González, respectivamente. En definitiva que, al margen del extraordinario claustro románico, de su asombrosa botica, de sus valiosísimos archivo y biblioteca, o de la magistral iglesia de Ventura Rodríguez, los mayores activos del monasterio silense son las reliquias del santo titular y la presencia de la comunidad de benedictinos, que a mayor abundancia cantan como los ángeles. De acuerdo con su propia biografía -antes presidente de Castilla y León y más tarde del país- y acaso con su concepción histórica de España, Aznar tiene escaso margen de elección. Sólo en Silos puede obtener una bendición abacial ajustada a sus presupuestos. Pero José María Aznar, además, ha sabido contagiar su preferencia por el monasterio del valle de Tabladillo a conspicuos empresarios de este país. Recuerden el elenco de personalidades que constituyen el órgano rector de la Fundación Santo Domingo de Silos afanada, entre otros menesteres, en promocionar culturalmente la abadía y recuperar el patrimonio en la propia localidad burgalesa. Es previsible que en los años venideros Aznar siga volviendo a Silos. Aunque ya no sea presidente de un Gobierno. 1397124194

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