Diario de León
Publicado por
ROBERTO HOYA
León

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EN ESE GRAN almacén que es la historia, donde se guardan los hechos dignos de la memoria, el pasado de la humanidad se apila con criterios cronológicos y espaciales. Un acontecimiento como el de la creación de la Comunidad Económica Europea, por ejemplo, tiene su día y su lugar; incluso está datada la hora, el edificio y la sala donde se firmó el documento que dio origen al nacimiento de la Europa que hoy conocemos. Sin embargo, a medida que remontamos el río de la historia, la memoria se torna difusa y discontinua, el detalle de las fechas y los sitios -también el de los protagonistas- es cada vez más tosco. En la prehistoria, a falta de documentos escritos, los asuntos del tiempo se precisan, entre otros, con el reloj impreciso del carbono 14; así que ante la pregunta de cuándo nació la civilización, obtenemos una respuesta construida con esa vara de medir que tiene las aristas romas. Quizá para afinar más añadimos sustancia al tiempo, buscamos el matiz en el concepto y, en vez de fechas en exceso redondeadas, decimos que lo primero fue el verbo. Pero el verbo no es sólo el deseo de nombrar, es también el deseo de entregar a alguien lo nombrado; de otro modo, sin la pretensión de pasar el testigo de lo hallado, el hombre habría sido un mugidor solitario. Con el lenguaje, nace el patrimonio: la herencia de la condición humana. La civilización comienza cuando ese ser que llamaremos humano trasciende al instinto y logra concebir algo merecedor de legar a sus descendientes: una palabra, el fuego de una antorcha o una piedra de sílex. A partir de entonces la herencia histórica ha ido creciendo de una forma prodigiosa, el devenir del fuego y la piedra ha generado utensilios e inventos, casas y templos, refugios del cuerpo y del alma donde reposa la huella del pensamiento. Son bienes tangibles con los que habitualmente llenamos de significado la palabra patrimonio, relegando a un grado ulterior el sentido más intelectual, más espiritual; quizá sin apreciar que el conocimiento de la técnica para hacer fuego, por ejemplo, resultó de mayor valor que el patrimonio efímero de la llama. Por eso, junto a la conservación de utillajes, obras de arte y edificios de nuestro patrimonio histórico -Castilla y León tiene la fortuna de contar con uno de los más grandes- es imprescindible también proteger y difundir el patrimonio de las ideas, una hacienda cardinal no sólo para entender nuestro pasado, sino para ser en el presente y obrar un porvenir mejor. Desde los ordenamientos de las relaciones humanas pensados por los griegos y los romanos, pasando por la concepción humanista, el pensamiento racional, el desarrollo científico, la filosofía de la ilustración... hasta la conciencia crítica del último siglo, disfrutamos de un legado que resulta necesario resguardar y revitalizar día a día para que esa flor de la sabiduría que es la ética no se marchite en las portadas románicas, en los claustros, en los museos, en las bibliotecas, en los palacios o en las catedrales de nuestro patrimonio. En mi condición de ingenuo, que en derecho no es otra cosa que haber nacido libre, sostengo que la necesidad de que exista una ley que castiga los delitos sobre el patrimonio histórico, entendido como tal los edificios o bienes singularmente protegidos por su interés histórico, artístico, cultural o monumental, no es sino la evidencia de que ese otro legado, inmaterial, de orden superior, no se encuentra suficientemente protegido. No es mi intención aleccionar sobre nuestra conducta social, pero sí reclamar de todos nosotros un ejercicio de memoria y de estilo, con el fin de crear la tensión necesaria para lograr un mejor mantenimiento de la hacienda común. Me remito a las escuelas, a las universidades y a quienes -en otros foros- tenemos el deber y el placer del enseñante, para preguntar, preguntarme, si sabemos concienciar al alumno acerca del patrimonio histórico que le pertenece, de su compromiso para conservarlo, de sentirlo como propio, de extenderlo y compartirlo con el de otras culturas. Y por encima de todo si cultivamos lo suficiente la enseñanza del proceder humano, ese patrimonio al que volver la vista como hace un niño con sus padres cuando busca respuesta.

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