VUELTA DE TUERCA
Por dignidad
EL PAPA Juan Pablo II ha llegado evidentemente al límite de sus fuerzas. Su deterioro físico es tan profundo que es legítimo dudar incluso del estado de sus aptitudes intelectuales. Tanta decrepitud impresiona. Cualquier ser humano ha de ver reconocido el derecho a sufrir con discreción, a mantener su propia decadencia tras el velo de una piadosa privacidad. Su dignidad así lo exige. Y la exhibición por el Vaticano de los padecimientos de este hombre insigne que ha traspasado la frontera de la más irrecuperable decadencia es moralmente dudosa. La curia vaticana está haciendo una explotación inmisericorde de la senectud de su guía, sobrepasado por la biología y merecedor de un retiro cómodo que ponga fin a este espectáculo doliente que excita más la piedad que la fe.