EL RINCÓN
Para luego es tarde
HAN DEJADO de ser válidas las antiguas definiciones de la guerra y la paz según las cuales, en términos generales, la paz es el tiempo donde los hijos entierran a los padres y la guerra la época donde los padres entierran a los hijos. Ya no ocurre eso. En los conflictos bélicos modernos mueren muchos más civiles que militares. Desde siempre, los altos mandos habían cultivado la vieja tradición de morir en la cama, pero últimamente están siendo plagiados por gran cantidad de combatientes. Los que caen en bandadas son las mujeres, los viejos y los niños de las ciudades bombardeadas. La primera línea de fuego, según las estadísticas, se ha convertido en un lugar más tranquilo que la retaguardia. Los Estados Unidos han sabido desde siempre que lo mejor de cualquier guerra es hacerla lejos de casa. Se rompe mucha menos porcelana, las calles permanecen relativamente limpias y hay mucho más tiempo para preparar los agasajos a los héroes que regresan victoriosos. De ahí ha surgido la tesis de «la guerra preventiva». Como todo el mundo sabe, consiste en hacerla cuanto antes, para evitar tener que hacerla después, que para luego es tarde. El presidente Bush es un resuelto partidario de la guerra preventiva. Su argumento favorito para justificar la de Irak era la certeza de que el sátrapa sanguinario escondía terroríficas armas de destrucción masiva. Al no encontrarse, por la única razón de que no existían, ha cambiado su tesis inicial y ahora dice que las cámaras de tortura y las fosas comunes de Sadam, que se han descubierto después, hacen lícita la anterior ocupación. El presidente Aznar coincide en todo con él y además ambos rechazan fijar plazos para devolver la soberanía a los desgraciados iraquíes. El que no está de acuerdo con la guerra preventiva es Kofi Annan, el secretario general de Naciones Unidas, que insiste en la necesidad de una reforma radical del Consejo de Seguridad y de la Asamblea. Probablemente los muertos tampoco están de acuerdo, pero es tarde para preguntárselo.