Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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AL LÍDER de los conservadores ingleses le han echado los suyos  porque no tenía carisma. Toma flema británica. Lo que no sé ya es qué es antes el líder o el carisma, si es posible lo uno sin lo otro, si fue carismático  y dejó de serlo, si nunca lo había sido, o sólo lo era los días laborables. Como no es la primera vez que escribo sobre esta cuestión, el lector sabrá de mis reticencias hacia el carisma como valor político. A Zapatero le acusan algunos de no ser carismático,  los mismos que necesitan ser liderados al paso de la oca o que ignoran que el culto a la personalidad ya fue condenado en la URSS a finales de los cincuenta. De Juan Vicente Herrera también se dijo la misma tontería. Y de Aznar. Y en mi infancia, de de la perrita Marylin. En fin, curiosamente se dice de quienes destacan, pero por lo visto no lo suficiente. Los jueces del carisma de los demás trabajan a destajo. Los pueblos maduros no necesitan líderes carismáticos, sino gestiones eficaces apoyadas en la honradez . Un político no es un actor de cine, ni un  personaje de la prensa rosa. Cuando la política se impregna en exceso de los códigos del mundo de la farándula (culto a la presencia física, verborrea en vez de oratoria, gesticulación frente a sobriedad), entonces,  se vuelve caricatura, es decir, mentira. Arzalluz es carismático dicen. ¿Puede ser carismático un hombre cuya concepción  del universo tiene fronteritas? Los pueblos maduros prefieren los sabios a los héroes. No, el carisma en Arzalluz es mera cogorza del yo. Puede ayudar a ganar unas elecciones, pero no a hacer un mundo mejor. El carisma del buen político no se basa sólo en lo que dice y hace, sino también en lo que calla y se niega  a hacer. En fin, es preferible la  conquista del voto a través de la eficacia, que con los fuegos artificiales del liderazgo. De nada vale tener buenas campañas si el material humano no es bueno. Porque la política si no es  humanismo no es nada.

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