Diario de León
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FEDERICO ABASCAL
León

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AL MARGEN de sus efectos atrayentes y esperanzadores, la noticia ha cortado el ritmo a la campaña electoral de Cataluña, y es que entre la boda del príncipe de Asturias, heredero del trono, y los discursos políticos, sean gestuales o programáticos, la sociedad se siente más atraída por la boda que por la política. El hecho de que don Felipe y Letizia vayan a disponer de un domicilio amplio y hasta lujoso, que ahora ocupa el príncipe, difícilmente justifica la felicitación del líder republicano Carod Rovira a los novios <»por tener resuelto el problema de la vivienda», que no podría resolver un 70% de los jóvenes catalanes. Y en esa línea argumentó como a destiempo el coordinador de IU, Gaspar Llamazares. Se entiende que un sector de la izquierda añore la II República española, que intentó modernizar en serio el país sin conseguirlo gracias a una sublevación militar de ingratísimo recuerdo, pero esa añoranza parece hoy anacrónica, sobre todo a la luz del funcionamiento de los actuales sistemas republicanos y monárquicos. Si se comparan en Europa las monarquías nórdicas con las repúblicas mediterráneas, se contempla con deslumbrante claridad cómo en las primeras la corrupción pública y privada es notablemente inferior que en las segundas. Y la solidez de la monarquía española, al margen de los Gobiernos que se han ido sucediendo desde su restauración, podría medirse a la luz de un partido de raíces tan republicanas como el PSOE, convertido hoy en fiel garante del sistema político vigente. Pero a la muerte de Franco, el PSOE no renunció hasta que empezó a elaborarse la Constitución de 1978 a su republicanismo visceral, y se recuerda que la primera audiencia del rey don Juan Carlos I a Felipe González, acompañado éste por Javier Solana, el monarca, con su simpatía acreditada, propuso el tuteo a sus visitantes, a los que éstos respondieron que preferían seguir empleando el usted. Meses después, el PSOE defendía la forma política de Monarquía Parlamentaria con inquebrantada lealtad y firme convencimiento. Y así hasta hoy, cuando la sociedad española es racionalmente monárquica y, en casos como las bodas de las infantas o la anunciada del Príncipe, hasta emocionalmente identificada con la forma de Estado.

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