Diario de León
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PEDRO RABANILLO MARTÍN
León

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A COMIENZOS de 1994 conocimos personalmente al amigo José Luis Rodríguez Zapatero, -en aquella época ostentaba la condición de secretario provincial del Partido Socialista de León, con motivo de una entrevista en la sede de la formación para pedir autorizar a una subvención avalada por el entonces presidente de la Diputación señor Turiel. El recibimiento que nos dispensó fue sencillamente excepcional; la cordialidad y el exquisito comportamiento presidió el encuentro, y no nos queda más que reconocer las cualidades humanas que atesora. La sencilla personalidad sumada a su porte y distinguido aspecto físico, nos movió a presagiar un futuro político bastante halagüeño. Una vez confirmada la propuesta de la que salimos gratamente complacidos, pasamos a comentar ciertos aspectos que asomaban al panorama nacional, muy sucintamente, ya que la entrevista fue más bien breve, parándonos en el hecho más relevante que por aquellos días monopolizaba la vida política y administrativa del país. Se trataba de la reelección del señor Fraga una vez más por mayoría absoluta como presidente de la Xunta; al pedirle su parecer con cierta suspicacia, esperábamos una contestación cargada de resignación, pero cual fue nuestra sorpresa al hacerlo de una manera cortés y respetuosa al gallego, despachándose con la siguiente frase: «Es un lujo para el Gobierno contar con un presidente de Autonomía de su categoría, Felipe González lo tiene en gran estima. Es la única persona que ostenta este cargo, que es recibido y despedido a las puertas de la Moncloa por el mismo presidente». Posiblemente esta revelación despierte cierta alarma en los medios más radicales del Partido Socialista, pero el oportunismo y la veracidad del evento califican al bueno de José Luis de persona muy equilibrada y sensata, capaz de saber valorar las virtudes hasta de aquellos/as que militen en la oposición más intransigente, independientemente de «afilar las uñas» a la hora de ejercer una oposición firme en los momentos más álgidos que requiere una confrontación política. Al hacerse cargo de la secretaría general del partido, sus declaraciones nos hicieron albergar cierto optimismo, pues no en vano argumentaba la prioridad de llevar a cabo una oposición constructiva, ofreciendo un buen ejercicio en beneficio de la sociedad en general, al margen de interés partidista alguno. Quizás en aquel momento era apto para vender esa faceta de cara a la galería, ya que el desarrollo de su cometido como jefe de la oposición no ha sido todo lo brillante que se esperaba; no obstante como atenuante a su incipiente responsabilidad, cabría con cierto reparo aplicarle la «presunción de inocencia», debido a la inevitable novatada en tan delicado cargo. Las primeras manifestaciones referente al accidente del «Prestige», contenían una carga de demagogia muy estentórea, olvidándose del verdadero papel que como jefe de la oposición debiera representar. No cabe la menor duda que este incidente llevaba in situ algún tinte de negligencia; pero más por lo aparatoso e inesperado que por el abandono por parte de Xunta y Gobierno como continuamente ha venido denunciando. El traslado a altamar o el refugio más cercano de la costa ha centrado la polémica, y la administración optó por lo que en aquellos momentos urgía: evitar una devastación ecológica con un revés final económico de irreparables consecuencias. Su papel en aquellos lances debió conducirlo por la colaboración y no por el enfrentamiento y el desprestigio que trataba de vender a los ciudadanos/as por beneficios electoralistas. En cuanto a la guerra de Irak aún nos parece más descabellado; hemos intentado extrapolar a su responsabilidad como hipotético presidente del Gobierno cual hubiera sido su plan de actuación y nuestra modesta imaginación nos lleva a la conclusión de que lo hubiera hecho de igual forma y manera que el señor Aznar. No caben otros planteamientos. Los compromisos internacionales y muy especialmente con el principal protagonista, los Estados Unidos, nos obliga a tal posición. La pesadilla de Marruecos y la lacra del terrorismo eran argumentos más que suficientes para justificar como mal necesario esa intervención, en la que afortunadamente no participamos ni con material militar, ni con efectivos humanos. Al producirse la crisis institucional de la Asamblea de Madrid, que privaba de la presidencia de la Comunidad al PSOE por alzarse en rebeldía dos de sus compromisarios, su actuación fue nefasta por lo insólita. No se puede hipotecar la seriedad al no respetar unos acuerdos, que con anterioridad se habían establecido desatando una guerra de improperios y vejaciones contra esas dos personas, mal llamadas tránsfugas, que trataban de defender la voluntad de los madrileños/as a los que inconscientemente querían lanzar a una aventura tan injusta como peligrosa. No entendemos las acusaciones de traidores y mercenarios al servicio de la oposición, cuando existen otros miembros de más relieve, con pretensiones mucho más arriesgadas, como es el caso del señor Maragall, Elorza, alcaldes de Navarra y otras compañías.., a los que se les aplica una «sana» intención de talante democrático, justificando que es normal lo que se admite en el aparato interno del partido. La defenestración de la señora Alberdi, como del señor Redondo Terreros, no coincide en absoluto con esa rara doctrina que imparten para salir del atolladero. Resulta delirante el papel tan generoso que José Luis viene regalando a esos «otros» elementos sin escrúpulos que se han colado a vivaquear en el hábitat del Partido. Debería ser más riguroso con los «tontos inútiles» que afectivo con su generosidad. Por los resultados de Madrid se ha comprobado, que el camino a seguir debiera cambiar de rumbo para no tropezar en los mismos escollos, abandonando los consejos y ánimos que a diario se imparten desde las tribunas de los medios de comunicación, tanto radiofónicas como televisivas cargados de inquina, quizás más por ignorancia que por animadversión a esa acertada gestión que viene practicando el presidente Aznar. Si el amigo José Luis ha sido capaz, con una actuación poco convincente, alcanzar una valoración muy positiva; colaborando con la política manifiestamente solvente del presidente del Gobierno, no sería exagerado afirmar que las posibilidades de triunfo en cualquiera de las citas electorales serían más que probables. Baste recordar el compromiso del señor Aznar respecto a Irak, nunca le importó la pérdida de sufragios, asumiendo la responsabilidad de no comprometer, ni el presente ni el futuro de España. Para terminar sería bueno que habiendo adquirido una gran experiencia en el escabroso mundo de la política de alto nivel, fuera capaz de refugiarse en un ejercicio de meditación, para volver inmunizado, erradicando los «focos de infección» que han agravado la salud de la esperanza de los que apostaron por este singular leonés.

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