FRONTERIZOS
La Zaranda
EN LEÓN y en Ponferrada ha actuado estos días La Zaranda, compañía inclasificable que arrastra tras de sí un puñado de devotos: no muchos, es verdad, pero no tan pocos como podría parecer. Los seguidores de este grupo son degustadores de un ceremonial tan cargado de contenidos, tan lleno de vida en sus personajes muertos, tan rico en proteínas poéticas, que de sus espectáculos sale uno fortalecido y vacunado contra la epidemia de miedo y parálisis de la que habla Enrique Gil Calvo en su último ensayo. La Zaranda merece existir aunque sólo sea por sus títulos ( Perdonen la tristeza, Cuando la vida eterna se acabe, Ni sombra de lo que fuimos ) y por la iconografía de su cartelería, llena de ojos color sepia que miran desde el pasado, aunque los que los conocemos sabemos que hay más razones: fundamentalmente que es necesario que el eje del carrusel donde todos hemos soñado siga girando, aunque no sepamos hacia dónde, y que es preciso mantener abierta la fábrica de sueños aunque nadie la visite y a sus habitantes se los coman las moscas. En el caos feliz y hermoso que montan estos iluminados sobre el escenario está gran parte de lo mejor de la cultura teatral de los últimos cien años: está el Valle Inclán que deforma matemáticamente a los personajes para ser más realista, está el maestro Kantor que devolvía a los muertos a la escuela, está el ascetismo de Grotowski, la mirada religiosamente atea de Luis Buñuel y el lenguaje convertido en chicle de Samuel Beckett. Y La Zaranda, posiblemente uno de los mejores grupos teatrales del mundo, ha estado en León y en Ponferrada, aunque quizá usted no se ha enterado porque lo realmente excelente no lo anuncian por la tele.