Diario de León

EL BALCÓN DEL PUEBLO

La muerte de un ciclista

Publicado por
JUAN F. PÉREZ CHENCHO
León

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A LAS DIEZ de la noche del pasado sábado nevaba intensa y mansamente en la cima del Angliru, entre Babia y Asturias. Se vistió de blanco como en un homenaje para ahuyentar la negrura desmayada sobre el ciclismo español. Como homenaje a su primer conquistador: José María «Chaba» Jiménez, quien fallecía a esa misma hora en una clínica madrileña, víctima de un infarto. Natural de El Barraco (Ávila), 32 años, casado hace menos de uno, sin hijos, llevaba dos temporadas inactivo. Entró en el laberinto de una depresión y no encontró la puerta de salida. Tampoco pudieron abrírsela los psiquiatras, de los que se dice que su mejor virtud es que escuchan. La muerte inesperada, sorpresiva, del «Chaba» Jiménez es como la esquela final de un año de lutos para el ciclismo español, completada con la desaparición de los dos equipos emblemáticos: Banesto y Once. A José María Jiménez le gustaba estar más cerca del cielo que con los pies en el suelo. Quizá, por eso mismo, de las veintiocho victorias de su palmarés, veintiuna de ellas las consiguió en la montaña. Fue heredero de otro abulense con el mismo apellido, Julio Jiménez, «el Relojero de Ávila», que volaba hacia las cimas con la majestuosidad de las águilas. Tomó el relevo de otra águila, la de Toledo, Federico Martín Bahamontes. Todavía mantengo en las retinas aquella victoria extraordinaria con final de etapa en León. El «Relojero», pequeño y fibroso, cruzó la meta con seis minutos de ventaja, después de coronar puertos, entre ellos el de Pajares, hasta entrar en el estadio Hispánico como los héroes. Sólo le faltó la corona de laurel sobre su calva. Aquella pasión por las cumbres también la tenía José María «Chaba» Jiménez. Desde León al alto del Angliru escribió una de las páginas más hermosas del ciclismo español. Ni la ceniza gris de la niebla pudo velar la grandeza. Es muy posible que alguna de las fotos que enseñaba a sus amigos cuando se detuvo el cronómetro de su corazón estuviera inmortalizada en lo alto del Angliru, escoltado por Tin Areces, presidente del Principado de Asturias. El fallecimiento de José María «Chaba» Jiménez no tiene nada que ver con «La muerte de un ciclista», obra social y exponente del nuevo realismo italiano que plasmó Antonioni. Quizá sólo sea como ha dicho su madre: «Se ha muerto como corría, al ataque y de improviso». El «Chaba» era admirado y querido por su entrega hasta el vaciamiento. Y por su carácter abierto, jovial y sin aristas. Conoció la gloria y el llanto. Fue campeón de España de fondo en carretera, hizo vibrar a millones de aficionados cuando levantaba el vuelo, como en las cuatro etapas que ganó en la Vuelta del 98 y subió al cajón de la gloria en el Paseo de la Castellana como tercero en la general. Su límite en el ciclismo quedó sin enmarcarse. Tuvo que colgar la bicicleta en la plenitud. Entró en el laberinto de la depresión hace dos años y no encontró más puerta de salida que la muerte. Es para «estar jodido», como ha sintetizado quien fue su director, José Miguel Echávarri.

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