EL RINCÓN
Esto sí que es una caída
NO ME refiero a la del insepulto Sadam, sino a algo que nos pilla más cerca y por lo tanto influye mucho más en nuestra vida cotidiana, que es lo que nos importa. Los grandes sucesos, esos que cuando acontecen varían las portadas de los periódicos e interrumpen las programaciones de las radios y de las teles, pasan pocas veces en la vida. En cambio, lo que ocurre a cada momento es lo que más nos interesa: somos los interesados. (Cada vez que he firmado un recibo bajo ese epígrafe, me he dado por aludido: era yo el que tenía más interés en cobrarlo). Ahora, cuando medio mundo habla del juicio del acreditado cobarde y ex sátrapa iraquí, y se debate si debe hacerse bajo supervisión internacional o de cualquier otra manera que garantice el mismo resultado, a nosotros los españoles nos preocupan preferentemente dos cosas: la segunda es que el candidato a la presidencia de la Generalitat, Pasqual Maragall, esté planteando una «nueva relación con España», y la primera es que la riqueza familiar de los que todavía nos seguimos llamando españoles acumule tres años seguidos de pérdidas. Eso es una caída y no la del dictador iraquí, que era previsible que se resbalara desde sus propios pedestales, hechos con todas las piedras de los sepulcros que él fue construyendo. El mundo es ancho y propio, pero repercute más en nuestras rápidas vidas la gestión de un concejal de barrio que los desmanes de un déspota lejano. Lo grave para los que todos los días vamos a tomar café al mismo sitio es que se registre una bajada en el patrimonio de los hogares y que haya un creciente endeudamiento financiero en casi todas las casas, salvo en aquellas familias que viven al descampado. Quizá sea confortador que la disminución de la llamada riqueza familiar sólo afecte a quienes se creían ricos por disponer de uno de esos agujeros llamados pisos, rodeado de otros agujeros del mismo nombre. A los pobres les afecta menos que la caída de la riqueza familiar haya descendido en un 6,3. No hacen balance.