CON VIENTO FRESCO
Una reflexión navideña
LAS CALLES del pueblo lucen estos días sus mejores galas. Como todos estos últimos años, con gobiernos de distinto signo, el Ayuntamiento, ahora socialista, ha levantado una vez más el nacimiento viviente en la plaza Mayor. También este año, la Mora ha parido un ternerillo al calor del pesebre. No es ningún milagro, tenía que parir y con el estrés de estos días lo ha hecho antes de tiempo, eso es todo. Don Jesús, el párroco, ha ampliado el belén del santuario, que este año es ya impresionante por lo bien diseñado y por la belleza de las figuras de alabastro pintadas con gusto por María Encina. Muy pronto no tendrá nada que envidiar a los otros ya famosos de la comarca, como los de Villaverde y Folgoso. Las gentes del IEB y los montañeros de Gistredo han adornado las alturas de la Guiana y del Catoute con sus belenes. Toda la provincia, toda España es un belén. En los países de Europa donde no hay esta tradición de origen italiano, se elevan al cielo los árboles de Navidad, que no son un signo pagano, como se cree, sino profundamente cristiano. El proyecto de Constitución europea, no fue lo más importante del año que acaba, pero si dió lugar a fuertes disputas por el reparto del poder y a discrepantes opiniones en la redacción su preámbulo. Para la Convención -ese nombre de larga tradición francesa tiene que ver con su presidencia y explica su animosidad contra la religión-, incluir una referencia al cristianismo como una de la señas de identidad de Europa era demasiado fuerte para una ideología enraizada en una ilustración sino atea, deista y anticristiana. A Giscard d' Estaing, su presidente y principal redactor, ese rechazo a incluir la herencia cristiana no le parece importar mucho, ni que eso sea sentido por muchos europeos como un atentado cultural y una arbitrariedad histórica, propia de políticos sectarios; pues, no está pensando en el pasado sino en el presente: hoy, quizá remedando a nuestro Azaña, Europa, piensa él, ha dejado de ser cristiana. Es posible que esto sea cierto, que la secularización de Europa sea irreversible, y el descreimiento imparable, aunque las estadísticas no son tan concluyentes; pero ¿cómo se entiende que la Navidad tenga todavía una aceptación tan grande y un arraigo popular tan indudable? Unos dirán que su pervivencia no es sino una estrategia del mercado para incitar al consumo; otros que es puro folclore, entendiendo este término en su acepción más peyorativa, olvidando, de todos modos, que folclore viene de folk, pueblo, y es, por tanto, lo que nace y vive en el pueblo. No se sentiría la Navidad si el cristianismo, no estuviera arraigado en la conciencia colectiva de los europeos. Esto lo entendieron muy bien los padres de Europa, el francés Schuman y el alemán Adenauer que no sólo como cristianos sino como políticos supieron, y así lo declararon muchas veces, que Europa, la democracia europea es inseparable del cristianismo. Contraponer democracia y cristianismo es un sinsentido y una falacia histórica. Las sociedades europeas, nacidas al calor de una historia enraizada en lo religioso, cuya cultura y moral colectiva, por muy secularizadas que estén, son todavía un vivo espejo de las doctrinas cristianas, son las más plurales y las más democráticas del mundo; y lo son por algo. Sólo hay que echar la mirada hacia los continentes asiático y africano, a los países de tradición musulmana, hindú o budista para constatarlo. La democracia, que no es sólo unos procedimientos formales sino una actitud, una forma de vivir, nace cuando la dignidad de la persona se pone en el primer plano del interés colectivo; y la persona, el hombre como persona es un concepto de raíz cristiana, al defender que ésta es creada a imagen y semejanza de Dios, por lo que todos los hombres son iguales. El valor absoluto de la persona es hoy aceptado por todas las éticas occidentales como el valor que fundamenta todos los valores de la vida humana. Esto es Europa y tal vez por eso aún celebramos la Navidad.