EL BALCÓN DEL PUEBLO
Carta sin destino
LOS carteros reales ya estaban de descanso cuando abro el balcón. No son tan fogosos y esforzados como aquel Miguel Strogoff, correo del Zar. No tenía carta alguna para buzonear en su zurrón. Ni siquiera pedirle la trilogía mágica que recita Amabilio Cubillas: salud, amor y trabajo. Comparto las dos primeras, pero exigiría cambiar la tercera: el trabajo por el ocio. No escribí a los Reyes Magos porque ya lo hacen todos los niños del país y hasta los directivos de El Corte Inglés. En el supuesto de que hubiese utilizado el bolígrafo de Telice, que escribe como Dios, recto con renglones torcidos, más o menos como los designios del Señor, mi carta habría sido reivindicativa. Y de queja. Quienes viajan sobre las nubes, son dioses de ilusiones, llenan de luces las esquinas oscuras del mundo, no pueden, de ninguna manera, estropearnos la Epifanía, salvo que ya sean tan insensibles como el Ejecutivo de José Mª Aznar. No permite la algarabía ni a los malos. León está a la cabeza del país entre los demandantes de certezas para el carbón, pero Rato, Folgado y Cía tienen más influencias que los sindicatos. No les han permitido abrir la boca para negociar la reserva estratégica, ni para consensuar un nuevo Plan del Carbón, ni para adecuar medioambientalmente a las centrales térmicas. Es algo así como el magistral anuncio de Vía Digital +, cuyo codificador pretende llevarse el Papá Noel de turno y la niña le amenaza con ocho años de cárcel por no sé qué delitos. A los Reyes Magos, que son menos magos que Alfonso -«bodas, bautizos y comuniones»-, les echaría en cara que en vísperas de su gran día permitieran la muerte de Salvio Barrioluengo, «ex» de muchas cosas a sus 70 años: concejal de Deportes del Ayuntamiento de León, presidente de la Cultural, abad honorario de la Hermandad de Jesús Divino Obrero, cinco hijos, de los que al menos soy amigo de tres, y «hermano» del alma del poeta Antonio Gamoneda. La Cultural no pudo dedicarle la victoria el domingo ante el Conquense. Quizá es que en su directiva, con mayoría absoluta de constructores, ninguno es capaz de entender que nadie vence a la muerte. Ni la Cultural, ni los «galácticos», definición que no soporta ni Eduardo Aguirre, por citar a un blanco inmaculado. Les echaría en cara, también, el cierre del Restaurante Fornos, tras 63 años de servicio. Era el último relicario de la restauración -¿de la restauración, digo? no, no, del buen comer- que seguía al pie de la letra la recomendación del nutriólogo Grande Covián: un planto de cuchara cada día. Cierra el Fornos y es como si me robaran la cartera con toda la documentación. He almorzado durante 17 años en él y estoy jodido por perder, cada día, el amor de José Miguel y Olga, a los que he considerado como «de la familia». Esra es mi noticia, Majestades, y realmente me importa un huevo que en el límite administrativo de León y Palencia, caiga un meteorito incendiario, aunque este año sea santo y jacobeo.