Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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EL DIFUNTO Vizcaíno Casas cada vez que escribía en sus artículos la palabra España añadía la coletilla «con perdón».  Pues eso, con perdón o sin él,  estamos volviendo a hablar de quién somos. Américo Castro y Sánchez Albornoz se dieron de bofetadas eruditas por esta cuestión, y se las dieron en el exilio, es decir, fuera de su patria.  Fue el suyo un debate muy de a la salida te espero, pese a ser expresado en libros y artículos de extraordinaria calidad, porque para ambos España era mucho más que legajos de un pasado lejano. Y eso que en lo ideológico estaban de acuerdo, pues ambos fueron hijos de aquella tercera e inmensa España, que no era roja ni azul. La propuesta de Ibarra para aislar a los partidos nacionalistas ha sido también de a la salida te espero, pero no iba apoyada en reflexión profunda alguna, salvo en el hartazgo. En política, como en la vida, es más difícil domar tormentas que provocarlas.   Existe un hastío de la sociedad española hacia los abusos de los nacionalismos, hacia que todo gire alrededor de ellos,  pero un político de altura debe estructurar siempre su discurso desde aquello que sea mejor para la convivencia.  Por eso es tan ejemplar el comportamiento de socialistas y populares en el País Vasco, porque incluso en los casos en los que más comprensible hubiera sido que hablasen desde la rabia y el desdén, siempre han preferido cargarse de razones y de calma. PP y PSOE son partidos profundamente españoles. ¿Alguien puede cuestionar, sin caer en la demagogia, que Rodríguez Zapatero y Rajoy  están profundamente comprometidos con España?  Caro Baroja en su libro El Laberinto vasco  nos dio una pauta que sigue siendo válida: «Si hay una identidad hay que buscarla en el amor. Amor al país en que hemos nacido (¿) amor también a los vecinos y a los que no son como nosotros (¿) Y la única posibilidad de creer en unidades, identidades y cosas por el estilo es cultivar el amor».     

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