DESDE LA CORTE
Maragall supera a Salomón
UNA SOLUCIÓN cachonda. Perdónenme la expresión, pero no encuentro otra mejor para definir el apaño de Maragall y Carod. Y digo «apaño», porque tiene el aspecto de un acuerdo entre amigos que resulte aceptable para cada uno y los intereses que representan. Se han sacado de la manga una fórmula mágica : Carod no será ni siquiera conseller sin cartera el 9 de febrero; al presentarse a las elecciones generales, tiene que renunciar a ese puesto. Con ello, Maragall da una cierta imagen de autoridad, da satisfacción a Zapatero, mantiene su gobierno, y tiene discurso: «no arruinamos las esperanzas puestas en un gobierno de izquierdas». Como salida imaginativa, es buena. Alguna vez hay que aplaudir a la imaginación, aunque no guste. Maragall ha conseguido superar al rey Salomón. Como salida políticamente útil, es discutible. No satisfará a quienes -socialistas incluidos- querían una solución más drástica. No calma a la parte de la sociedad que pedía para Carod, y con algo de razón, un castigo parecido al destierro. El propio tripartito sale herido de la trifulca. Y creo que abre nuevos frentes de batalla, porque no nos engañemos: la «batalla Carod» ya no se riñe en el ámbito del rigor, sino en el terreno de la pasión y de una opinión soliviantada y nada indulgente con los pasos del conseller. En ese ámbito aparece el PP, dispuesto a no dejar pasar esta solución y a convertirla en eje de campaña, porque ha encontrado una mina de votos. La clave del debate que viene no está en manos de Zapatero ni de Maragall, sino en lo que ayer dijo Mariano Rajoy: el cese de Carod es un «cierre en falso de la crisis». Lo que está en crisis, para Rajoy, es el propio gobierno catalán, los partidos que lo componen y la filosofía en que se basa. La cuestión, para el PP, es aprovechar esta irrepetible oportunidad para aplastar cualquier posibilidad de éxito del PSOE. Es una guerra a muerte. Sospecho que, en esta ocasión, la razón está del lado del PP. Y es que Carod ha cometido errores que rozan el delito y dicen poco de su lealtad con su gobierno y las instituciones del Estado. El castigo puede ser humillante, pero menor e insuficiente para una sociedad que ha sufrido tanto con el terrorismo. Cataluña dirá si le perdona, porque tendrá la oportunidad de votarle el 14 de marzo. Y esa perspectiva, desafiante, pero legítima, me inspira una duda terrible: si el pueblo catalán le respalda en las urnas, ¿estará respaldando un independentismo que, a partir de este suceso, será mucho más radical? Vamos a oir mucho «Visca Catalunya lliure». Esta historia todavía tiene mucho que escribir.