TRIBUNA
Las enseñanzas del amor
PARA empezar hay que reconocer que nunca ha sido tarea fácil hablar del amor, y hoy posiblemente sea todavía más difícil, pues se puede estar hablando largo y tendido, sacando a relucir a cada paso esta palabra, y resulta, sin darnos cuenta, que lo estamos haciendo a varias bandas; ocurriendo lo mismo que con las líneas paralelas, que por mucho que se prolongan nunca llegarán a encontrarse. Este es, por ejemplo, el espectáculo barriobajero y bochornoso, inclusive entre personas que se dicen o se creen cultas, que nos ofrecen cada día los medios de comunicación social, especialmente la radio y la televisión, en algo que llaman tertulias, carentes de las mínimas reglas de respeto para un verdadero diálogo, que en realidad se queda en un «guirigay» o diálogo de sordos. nada, pues, de extraño tiene que ya en la antigüedad, mientras los filósofos griegos estaban hablando del «eros», se estaban refiriendo a un amor interesado y codiciado; por lo que a los cristianos no les cuadraba este lenguaje y preferían utilizar el sustantivo «ágape» que implicaba una nueva relación a lo divino entre unos y otros, suponiendo en realidad como básico aquello de que «la Biblia dice: Dios es amor». En la modernidad y posmodernidad continúa el abanico tan abierto, que en él pueden entrar desde los que imaginan un amor platónico e idealista, pasando por los que en la práctica se abren a un altruismo desinteresado o los que se sitúan en un círculo de sensualidad narcisista, hasta abarcar a los que enfocan a su manera la donación de su amor desde una atracción mutua y comunión de personas, de lo que ha sido «santo y seña» el amor, como ha ocurrido tradicionalmente en la institución matrimonial a través de las distintas culturas, y especialmente la cristiana. Aproximándonos y concretando aún más en el tema que nos ocupa, hoy en el día de San Valentín, patrono de los enamorados, nada nos consta históricamente de «amores y amoríos» en la vida privada de este supuesto sacerdote, martirizado tal día como este en el año 270 en la Vía Flaminia de Roma, donde se levantó un templo en su honor. Lo que sí es cierto, como en el caso de tantos mártires, es su enamoramiento de Cristo y servicio desinteresado en favor de los cristianos perseguidos, resultando muy elogiosa y edificante su conducta hacia una niña ciega, hija adoptiva de uno de los verdugos por la que siempre sintió especial predilección. Más cierto y seguro es también que ya desde el paganismo las fiestas cumplían una función cósmica que los cristianos «bautizaron» aprovechando, por ejemplo, el aniversario del martirio de San Valentín para introducir su patronazgo en favor de los novios y enamorados en este día de los albores de la primera romana, cuando las aves con sus trinos y arrullos anunciaban el emparejamiento de cara a nidificar y procrearse. Volviendo a nuestro tema del amor, hay que recordar que nos estamos refiriendo al amor humano entre dos personas de distinto sexo, inseparable, por tanto, de otros aspectos o valores humanos, ya sean corporales, espirituales, psíquicos, éticos, morales, etcétera..., llamados a integrarse en su totalidad en la persona humana. Este amor desde un punto de vista racional conlleva estabilidad y entrega sin reservas en fidelidad, presuponiéndose, por tanto, con toda lógica, un camino a recorrer y un aprendizaje minucioso, a través de un serio noviazgo, que desenvoque en la convicción de que el uno está destinado para el otro, como garantía para sellar el compromiso de la audacia de una entrega mutua total, fundamentada en el verdadero amor y no en ninguno de sus sucedáneos. Lo contrario no pasará nunca de una evidente improvisación, meros sentimientos, ilusorio romanticismo, superficial sensualidad, egoísmo entre dos, manipulación encubierta, chantaje pactado y un largo y penoso etcétera... según y conforme en cada caso. Yo pienso honradamente que si no se dan estos presupuestos la frase tan socorrida y repetida a la hora de emprender otra aventura matrimonial. «ahora si he encontrado al hombre o mujer de mi vida», con otro marido o esposa de «quita y pon», no tardará en resultar engañosa, porque no responde a la realidad y verdadera función del matrimonio y de la familia. Toda pareja, por consiguiente, debe sentirse siempre responsable de su futuro común, tratando de estar constantemente generando y regenerando el amor capaz de suscitar buena voluntad y recursos para acomodarse el uno al otro en una sociedad cambiante, vigilando con prudencia y esforzándose por superar todas aquellas situaciones que puedan poner el peligro la convivencia. Sin ningún género de complejos el verdadero amor cristiano se da la mano con todo este cariño humano y lo sublima, no sólo en tanto que se ajuste a las exigencias de Cristo para amar «con todo el corazón, con todo nuestro ser, con todas nuevas fuerzas» fondo perdido, como ama Dios, a los otros y nos amamos a nosotros mismos». Es más, Dios siempre puso como ejemplo e imagen de su amor, el matrimonio y Cristo, el suyo a los otros hasta el fin. Quien en los días buenos se deja penetrar de este espíritu cristiano, podrá sostenerse en los malos sobre esta esperanza. El mismo Dante pone en los labios de Cristo esta advertencia: «Quien me ve y no se enamora de mí no sabrá nunca nada de amor», lo que Víctor Hugo en su famosa obra Los miserables matiza aún más, barruntando que en este caso «Dios no podrá añadir a la felicidad de los enamorados, otra cosa que la eternidad de su amor», de donde deduce con toda rotundidad nuestro filósofo Ortega y Gasset: «el amor muere, porque su nacimiento fue una equivocación».