EL RINCÓN
La casa apagada
HABRÍA que rectificar ese artículo de la Constitución que dice que todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna. Sería más exacto proclamar que algunos españoles, los que dispongan de dinero para invertir en ladrillos, tienen derecho a adquirir viviendas y esperar a venderlas cuando suban de precio, en la seguridad de que esto ocurrirá cada trimestre. Esa táctica la sigue tanta gente que hemos llegado a una situación, tan legal como ilegítima, de que una de cada siete casas de uso familiar en España se encuentra desocupada. La propiedad es sagrada, por supuesto, pero ¿no será igualmente sagrado el derecho a no estar a la intemperie? No sé si a los okupas les asiste un punto de razón moral, pero estoy seguro de que es inmoral que estén condenados a vivir en la puñetera calle. Mi inolvidable Luis Rosales escribió un espléndido libro titulado La casa encendida , que ahora veo copiado en no sé qué programa televisivo. Ya no hay luz en muchas casas. ¿Dónde viven los habitantes de las casas deshabitadas? Sin duda están esperando conseguir una hipoteca que les impida tomarse una cervecita de vez en cuando, pero que les permita adquirir una, aunque sea en el extrarradio, donde Cristo dio las tres voces y no las oyó ningún especulador del suelo. Sólo en Andalucía se construyen más de 100.000 casas anualmente, pero sus precios son prohibitivos para numerosos sectores de la población. Quiere decirse con ello que no escasean los pisos, sino los inquilinos. Los expertos dicen que no es que la ley de la oferta y la demanda haya dejado de ejercer su acreditado influjo, sino que la gente normal no está en disposición de ofrecer lo que se le demanda. Esos boquetes llamados pisos han alcanzado unos precios que son un disparate, pero no se van a quedar ahí, por supuesto. El pasado año el precio medio de la vivienda creció un diecisiete por ciento. Hicieron un buen negocio los que compraron, porque este año son realmente más caras. En casa de uno como en ninguna parte. A condición de tenerla.