Diario de León
Publicado por
CARLOS CARNICERO
León

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LA CAMPAÑA electoral es un recorrido desesperado de los candidatos, durante dos semanas, buscando cada día una idea que pueda transformarse en spot publicitario. Como no puede haber controversia, dada la ausencia de debates, el roce entre los candidatos sólo puede tener la forma de exabrupto. Los ciudadanos pueden votar por adhesión o por rechazo. No están los tiempos para demasiadas alegrías alrededor de proyectos que no se formulan, por lo que el recurso de la motivación electoral es el repudio. Es más fácil tratar de determinar al elector para que el PP no alcance la mayoría absoluta, que entusiasmar con la idea de ZP. En el otro extremo, el miedo a una «España rota» y el odio inducido a José Luis Carod Rovira son los mejores acicates para sacar a los electores conservadores de sus casas. Si en las televisiones públicas y privadas los líderes de opinión son Dinio y las ex mujeres de Chiquetete, las oportunidades para que la mercancía política llegue a los salones de nuestras casas son más bien escasas. Pero el sistema sigue funcionando porque los electores son sólo la coartada para confirmar que la democracia sigue viva aunque esté cada día más convaleciente: no terminará de morirse nunca porque un sistema formalmente autoritario no tiene sitio en las ideas bien pensadas de nuestra sociedad. Para sentirnos satisfechos necesitamos el voto. Sólo cuando la democracia toma formas audaces, como un tripartito catalán, saltan las alarmas y surge la pasión por la política, porque estas propuestas requieren de equilibrios de voluntad y de inteligencia en un mundo en el que sólo las ecuaciones más sencillas tienen soporte en la matemática elemental que gobierna nuestros días. Luego vendrán, un día, sin avisar, las grandes convulsiones sociales que animan nuestras páginas de historia, cuando el hastío haga mella en el sistema y provoque un hueco por donde se puedan colar algunas ideas con fuerza. Mientras tanto, los intelectuales, que debieran navegar contracorriente, han amarrado las naves para no perderse un sitio en el festín del déficit cero. Son casi todos funcionarios o aspiran a obtener la dirección de un instituto del estado o, por lo menos, una subvención. Hay para todos los que se porten bien.

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