Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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EN EL COLEGIO me enseñaron aquello de que una persona es culta cuando sabe adaptar su lenguaje a las circunstancias y a la concurrencia. En caso contrario se corre peligro de parecer un tanto redicho. Recuerdo el caso de una amiga con dolor de muelas que, siendo enfermera, consideraba una falta de profesionalidad hablar el lenguaje de los pacientes profanos. Como estaba fuera de su ciudad, se acercó a la ventanilla de un ambulatorio y dijo, muy resuelta: «¿Me da, por favor, cita para el estomatólogo?». La compañera del otro lado, que con los anteriores pacientes parecía tener una especie de parálisis en el cuello que le impedía levantar la cabeza, miró lentamente y espetó: «O sea, hora para el dentista». Hace poco fui testigo de un caso parecido. Una persona explicaba a otra cómo llegar hasta un punto por un camino rural: «A la derecha, te encuentras una explotación de ganado porcino...». «O sea, una granja de cerdos», aclaró la parte contratante. El primo Jaime, cuya sencillez expositiva llega a veces a resultar insultante, habría sido aún más claro: en el caso de que la explotación fuese de carácter familiar hubiera dicho «una piara»; si la granja fuera industrial, «una bestialidad de piara». La sencillez expositiva no es precisamente cualidad que adorne el lenguaje político (hemos presenciado casos en los que una situación que provocará desempleo se ha definido con este rebuscamiento: «No provocará un repunte del empleo»); pero a medida que avanza la campaña electoral cada vez se llama con más frecuencia al paro paro y al vino vino. Especialmente cuando el nerviosismo cunde por la indefinición de las encuestas, y a medida que se acerca el día del voto y los candidatos dejan de hablar de las propuestas propias para lanzar dardos a las carencias ajenas, las explotaciones ganaderas de otros meses se definen como cubiles en el mejor de los casos, o como pocilgas inmundas en la mayoría de ellos. Y nos queda lo mejor.

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