Diario de León

SOMOS LEGIÓN

Entre el estupor y la esperanza

Publicado por
VICENTE PUEYO
León

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«ENTREVEMOS una edad más rica, más compleja, más sana, más noble, más quieta, con más ciencia y más religión y más placer; donde puedan desenvolverse mejor las diferencias personales e infinitas posibilidades de emoción se abran como alamedas donde circular». Son palabras que escribía Ortega y Gasset allá por el año 1916 en uno de sus lúcidos ensayos. Palabras entreveradas de buenos deseos y confianza en el hombre; palabras que el devenir del siglo XX, el más feroz y sangriento de toda la Historia, iría cubriendo, con su cruda realidad, de desencuentros, de sangre y de ignominia. Palabras, no obstante, que siguen siendo necesarias, urgentes, en tanto que están construidas con los mejores materiales del corazón humano: la esperanza, el sincero deseo de convivencia y de solidaridad. Quienes, desde una rabia ciega y rancia, originaron ayer la espantosa tragedia de Madrid buscaban precisamente socavar los cimientos sobre los que, a lo largo del tiempo, se va construyendo esa voluntad de convivencia y esa solidaridad. Eso que permite hablar en rigor de pueblo, de país, o de nación; un concepto que se antoja estrecho porque alude a «los nacidos» cuando es tiempo de abrirse a cuantos llegan con ansias de vivir y trabajar en paz. Bastantes de ellos exhiben hoy su dolor, su incredulidad y su estupor en las páginas de los diarios. No sólo pues iban a la caza de «españoles» sino que se perseguía el terror más indiscriminado. Si se confirma que la matanza es obra de ETA (anoche aleteaba la sombra del terrorismo islámico), esta banda de seres desalmados va a tener que meterse definitivamente en lo más profundo de sus madrigueras. Y es que habrán sobrepasado todos los techos de la infamia. Y los vascos de bien, que son la mayoría, deberán reflexionar sobre cuáles son las bases que justifican el prestigio de una sociedad que se las da de civilizada porque es evidente que el prestigio de lo vasco también ha quedado herido y muy gravemente. De momento sólo cabe regresar a la esperanza orteguiana, a la solidaridad sincera con las víctimas y al convencimiento de que, si algo ha de legar esta generación a nuestros hijos, es la desaparición total de este linaje de imbéciles salvajes.

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